Cuando se vive la Crianza con Conciencia y Liderazgo
Elisa Sainz • 10 de marzo de 2026

Hace unos días una mamá de nuestra comunidad me envió varios audios contándome algo que había vivido con su hija de dos años. Mientras la escuchaba pensaba una y otra vez en algo que repito mucho cuando hablo de crianza: muchas veces las respuestas que buscamos afuera ya están dentro de nosotras.


Su hija acababa de cumplir dos años y todavía estaba siendo amamantada. Esta mamá me contó que sabía que este es un tema que muchas veces genera opiniones fuertes, juicios y debates. Pero también me dijo algo que me pareció muy importante: cada decisión que tomó en ese camino la tomó desde el amor y desde lo que en ese momento sentía correcto.


Con su primera hija había amamantado hasta los diez meses. En aquel entonces vivía en Cuba, tenía otras circunstancias, otras herramientas y era más joven. Esta vez todo era diferente, me dijo y sentí mucha seguridad en sus palabras. Era otra mujer, con más experiencia, más información y otra forma de mirar la vida y la maternidad.


Siempre tuvo claro algo: creía profundamente en la lactancia materna. Defendía la lactancia exclusiva los primeros seis meses y también entendía que cada madre vive su proceso de manera distinta. Algunas pueden hacerlo por más tiempo y otras no. Y todas las decisiones merecen respeto.


Cuando su hijo cumplió alrededor de dieciocho meses, comenzó a sentir algo que muchas madres reconocen, aunque pocas se atrevan a decirlo en voz alta: la presión social.


De pronto aparecieron las miradas, los comentarios y las preguntas.

“¿Todavía le das pecho?”

“¿Hasta cuándo?”

“Ya está muy grande.”


Pero a pesar de esa presión, ella se seguía sintiendo bien con lo que estaba haciendo. Su hija lo disfrutaba. Ella también. Así que decidió ponerse una meta personal: si todo seguía fluyendo bien, amamantaría hasta los dos años.


Sin embargo, con el paso de los meses comenzó a experimentar algo que casi nadie menciona cuando se habla de lactancia prolongada.


El cansancio.


Un cansancio profundo. Físico y emocional.


Su hija ya no era un bebé que lloraba para pedir pecho. Era una niña independiente que simplemente venía, levantaba la blusa de su mamá y comenzaba a amamantar. No había horarios, no había avisos. Era una relación completamente a libre demanda.


Y poco a poco comenzó a aparecer un sentimiento difícil de admitir: a veces se sentía invadida.


No porque no amara a su hija. No porque no creyera en la lactancia. Sino porque el cuerpo también tiene límites. Lo más duro no era el cansancio. Lo más duro era la culpa por sentirse así. Culpa por pensar que quizás ya era suficiente. Culpa por preguntarse cómo iba a quitarle a su hija algo que le gustaba tanto. Culpa por imaginar el momento del destete.


Porque en su mente el escenario era claro: La lloraría inconsolablemente y ella no tendría corazón para sostener esa decisión.


La vida, sin embargo, tenía otros planes. Bueno… esa no fue la vida, fueron en realidad las decisiones conscientes que tomó esa mujer valiente, basadas en el amor por su hija y por ella misma. 


No quiero inventarme nada, así que les estoy compartiendo cada detalle de la historia como me lo contó ella. Me contó que un día tuvo que ir al dentista y recibir anestesia, lo que significaba que debía pasar veinticuatro horas sin amamantar. Cambió esa cita tres veces. No por falta de tiempo. Sino porque sabía que ese momento iba a obligarla a enfrentar la situación.


Finalmente, fue.


Mientras estaba fuera, la niña se quedó en casa con su abuela. Comió bien, tomó leche en vaso y jugó como siempre. Pero el verdadero momento llegaría cuando su mamá regresara a casa.


Cuando abrió la puerta, su hija corrió hacia ella como siempre. La abrazó, la besó… pero esta vez su mamá decidió cambiar la rutina. En lugar de sentarse inmediatamente a amamantarla, comenzó a jugar con ella, a distraerla, a conectar desde otro lugar.


Llegó la hora del baño, ese momento que siempre terminaba con la niña dormida en el pecho de su madre. Entonces hizo algo muy sencillo.


Se puso unos curitas en los pezones.


La cargó y le explicó con calma:


“Las tetitas de mamá tienen que descansar. Ahora vamos a tomar leche en el vasito.”


La niña lloró un poquito. Nada más.


Se quedó pegada a su mamá, abrazándola con fuerza, como si comprendiera que algo estaba cambiando. Y luego… se durmió.


La mamá le temía a la noche porque había imaginado que seria terrible escucharle llorar y no poderle dar el pecho. La noche llegó y volvió a repetirse la escena, el cuento, la leche en un pomito, la explicación suabe de que las téticas de mamá ya tenían que descansar.


La niña volvió a llorar, pero mamá estaba consciente del proceso que estaban viviendo las dos, la cargó, fueron juntas a la sala, le habló, le cantó, la abrazó. Y algo muy profundo ocurrió en ese momento: la niña parecía entender. 


Les puedo asegurar que había tanto asombro en las palabras y la voz de esa mamá, lo había logrado y no había sido tan caótico como lo había pensado. 


Lo más sorprendente vino después.


Desde ese día, su niña de dos años nunca más intentó levantar la blusa de su mamá para buscar el pecho. La niña que parecía incapaz de vivir sin amamantar… había entendido.Y entonces su mamá comprendió algo muy importante.


El apego seguro no estaba en el pecho. El apego seguro estaba en la relación. En el vínculo. En la presencia. En el amor construido durante esos dos años.


Durante mucho tiempo ella había escuchado frases como: “Los niños solo buscan a la mamá porque es la que tiene leche.” Pero esa experiencia le demostró lo contrario. El apego seguro no depende del pecho. Depende del vínculo.


Muchas madres viven procesos parecidos llenos de dudas, cansancio y culpa. Culpa por sentir que ya no pueden más. Culpa por pensar que quizás ha llegado el momento de cambiar algo y muchas veces guardan ese sentimiento en silencio por miedo a ser juzgadas.

Pero la maternidad también es un camino de escucha interior.


Escuchar el cuerpo.

Escuchar el cansancio.

Escuchar lo que sentimos.


Porque liderar en la crianza no significa hacerlo todo perfecto. Significa aprender a tomar decisiones conscientes, con amor y con respeto hacia nuestros hijos… pero también hacia nosotras mismas.


Si esta historia resonó contigo, quizás sea porque en algún momento también has tenido que tomar decisiones que otros no entienden. La crianza tiene mucho de eso: opiniones externas, consejos, críticas… pero también momentos en los que una madre aprende a confiar en su propia voz.


Yo estoy muy agradecida de que esa mamá valiente me haya compartido su historia, sé que puede ser la historia de muchas. 


Aquí tienes los puntos clave de las decisiones que tomó esta mamá y que hicieron que el proceso no fuera tan difícil


1. No permitió que las opiniones externas dirigieran su decisión

Aunque sentía la presión social por amamantar a una niña mayor, no dejó que los comentarios determinaran cuándo debía parar. La decisión la tomó desde su convicción, no desde el juicio externo.


2. Se escuchó a sí misma

Reconoció algo que muchas madres callan: estaba cansada. Escuchar su propio cuerpo y sus emociones fue el primer paso para tomar una decisión consciente.


3. No negó sus emociones ni las escondió

Aceptó la frustración, el agotamiento y la culpa sin negar que estaban ahí. Reconocer lo que sentimos nos permite tomar decisiones más sanas.


4. Observó a su hija y entendió su proceso

Se dio cuenta de que su hija ya no necesitaba el pecho para alimentarse, sino como consuelo y rutina. Esta observación le permitió entender mejor el cambio que debía hacer.


5. Eligió un momento que facilitara el cambio

La cita médica que le exigía 24 horas sin amamantar se convirtió en una oportunidad para comenzar el proceso.


6. Preparó alternativas antes de quitar el pecho

Introdujo otras formas de consuelo y alimentación: leche en vaso, cuentos, abrazos, presencia.


7. Explicó el cambio a su hija con respeto

Aunque su hija tenía solo dos años, le habló con claridad y cariño:
“Las teticas de mamá tienen que descansar.”

Los niños entienden mucho más de lo que pensamos cuando se les habla con calma y seguridad.


8. Acompañó el proceso con cercanía física

No retiró el pecho y se alejó. Al contrario: abrazó, caminó con ella, la cargó y la consoló.


9. Sostuvo el límite con calma

Cuando la niña lloró o buscó el pecho, no cambió la decisión por miedo o culpa, pero tampoco respondió con dureza.


10. Confió en la capacidad de su hija para adaptarse

No subestimó la inteligencia emocional de su hija. Creyó que ella podía entender y transitar el cambio.


11. Cambió la rutina sin romper la conexión

Sustituyó el pecho por otros rituales: cuentos, leche caliente, contacto y conversación.


12. Entendió que el apego seguro no depende del pecho

Descubrió algo muy poderoso: la seguridad emocional de su hija no estaba en la lactancia, sino en el vínculo construido.


13. Reconoció que el amor también incluye poner límites

El destete no fue una ruptura del vínculo, fue una transición dentro de una relación segura.


14. Confió en el vínculo que había construido durante dos años

Ese vínculo fue la base que permitió que el cambio ocurriera sin trauma.


Cuando una madre hace eso, los niños muchas veces responden con algo que sorprende a todos:


confianza.

Un fuerte abrazo

Elisa 

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