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Por Elisa Sainz 17 de marzo de 2026
Hablamos mucho del amor incondicional cuando pensamos en nuestros hijos. Decimos que los amamos sin condiciones, que ese amor no depende de lo que hagan o de cómo se comporten. Es verdad que el amor de un padre o una madre hacia sus hijos, suele resistirlo todo.  Pero hoy quiero hacerte una pregunta diferente. ¿Y el respeto? ¿No debería también ser incondicional? Si lo observamos con honestidad, muchas veces el respeto que mostramos hacia nuestros hijos sí tiene condiciones. Les hablamos con paciencia cuando están tranquilos, cuando cooperan, cuando se comportan como esperamos. En esos momentos somos comprensivos, amables, incluso admiramos lo bien que lo están haciendo. Pero cuando aparece el conflicto, cuando se “portan mal”, cuando desafían nuestras normas o simplemente cuando están atravesando una emoción intensa que no saben manejar, entonces algo cambia. Nuestra voz sube. Nuestro tono se vuelve duro, áspero. Las palabras dejan de ser cuidadosas. La empatía se desaparece y el respeto se esfuma. Criticamos, juzgamos, ridiculizamos. Y aunque nos cueste admitirlo, a veces incluso los ofendemos. No lo hacemos porque seamos malas personas. Lo hacemos porque estamos cansados, porque nos sentimos frustrados, porque nadie nos enseñó otra forma de reaccionar. Pero si somos sinceros, muchas veces a los niños se les habla de una manera en la que jamás hablaríamos a otro adulto y eso ocurre por una razón muy sencilla: porque son niños y nosotros tenemos el poder. Tenemos la autoridad. Tenemos la última palabra. Desde esa posición muchas veces ejercemos un tipo de autoridad que no nace del liderazgo, sino del control. Hay una gran diferencia en el liderazgo que se gana por la admiración y el respeto a ese que se impone. Sin embargo, si lo pensamos con calma, hay algo que no tiene mucho sentido. Esperamos que nuestros hijos nos respeten. Esperamos que nos hablen bien. Esperamos que aprendan a tratar con consideración a otras personas. Pero el respeto no se enseña exigiéndolo. El respeto se enseña viviéndolo. Los niños no aprenden principalmente de lo que les decimos, aprenden de lo que experimentan. Aprenden de la manera en que son tratados día tras día. Cuando un niño es tratado con respeto incluso en medio del conflicto, aprende que el respeto no depende del comportamiento del otro. Aprende que es una forma de relacionarse con el mundo. El respeto incondicional no significa permitirlo todo. No significa renunciar a los límites. No significa dejar de corregir. Significa algo mucho más profundo. Significa que incluso cuando un niño se equivoca, incluso cuando está desbordado, incluso cuando su comportamiento necesita ser corregido, su dignidad sigue intacta. Podemos decir no sin humillar. Podemos poner límites sin gritar. Podemos corregir sin herir. Cuando educamos desde el respeto, dejamos de luchar contra el niño y empezamos a acompañarlo en su proceso de aprender a ser humano y tal vez aquí esté una de las grandes paradojas de la crianza. Cuando tratamos a los niños con respeto incluso en sus peores momentos, no solo protegemos su dignidad. También fortalecemos nuestra autoridad. Porque la verdadera autoridad no nace del miedo. Nace de la coherencia. Cuando un niño crece sintiendo que su voz es escuchada, que sus emociones son reconocidas y que su valor no depende de su comportamiento, ese niño aprende algo muy poderoso. Aprende a respetarse a sí mismo y una persona que se respeta a sí misma tiene muchas más posibilidades de respetar a los demás. Tal vez por eso hoy vale la pena preguntarnos algo muy simple antes de reaccionar ante nuestros hijos. ¿Estoy educando desde el control o desde el respeto? Porque si queremos criar líderes, como tantas veces decimos, la semilla del liderazgo empieza ahí. En el respeto. Un respeto que no depende de si el niño se lo merece hoy. Un respeto que permanece incluso cuando el niño está aprendiendo a merecerlo. Antes de cerrar, quiero compartirte algo muy personal. En mi “Líderes en la Crianza”, yo no escribo desde la teoría, escribo desde los acuerdos que tuve que hacer conmigo misma para poder convertirme en la madre que quería ser, una madre más presente, una madre que gritara menos y conectara más. Dentro del libro comparto cinco acuerdos que marcaron un antes y un después en mi forma de criar, y uno de ellos es este: RESPETA PARA QUE TE RESPETEN . Entender que bajar la voz no es debilidad, que no es perder autoridad ni “dejarse ganar”, sino una expresión profunda de madurez y autocontrol transformó por completo la dinámica en mi casa. Disminuyeron las luchas de poder, aumentó la conexión y poco a poco el ambiente se volvió más armonioso. No fue magia, fue conciencia. Si tú también estás en ese camino, si estás buscando menos gritos, menos peleas y más conexión en tu hogar, quiero invitarte a leer Líderes en la Crianza. Tal vez, como a mí, también te ayude a volver a tu centro. Aquí te dejo el enlace: Lideres en la Crianza: https://a.co/d/0je0ruZ1 Un abrazo Elisa
Por Elisa Sainz 10 de marzo de 2026
Hace unos días una mamá de nuestra comunidad me envió varios audios contándome algo que había vivido con su hija de dos años. Mientras la escuchaba pensaba una y otra vez en algo que repito mucho cuando hablo de crianza: muchas veces las respuestas que buscamos afuera ya están dentro de nosotras. Su hija acababa de cumplir dos años y todavía estaba siendo amamantada. Esta mamá me contó que sabía que este es un tema que muchas veces genera opiniones fuertes, juicios y debates. Pero también me dijo algo que me pareció muy importante: cada decisión que tomó en ese camino la tomó desde el amor y desde lo que en ese momento sentía correcto. Con su primera hija había amamantado hasta los diez meses. En aquel entonces vivía en Cuba, tenía otras circunstancias, otras herramientas y era más joven. Esta vez todo era diferente, me dijo y sentí mucha seguridad en sus palabras. Era otra mujer, con más experiencia, más información y otra forma de mirar la vida y la maternidad. Siempre tuvo claro algo: creía profundamente en la lactancia materna. Defendía la lactancia exclusiva los primeros seis meses y también entendía que cada madre vive su proceso de manera distinta. Algunas pueden hacerlo por más tiempo y otras no. Y todas las decisiones merecen respeto. Cuando su hijo cumplió alrededor de dieciocho meses, comenzó a sentir algo que muchas madres reconocen, aunque pocas se atrevan a decirlo en voz alta: la presión social. De pronto aparecieron las miradas, los comentarios y las preguntas. “¿Todavía le das pecho?” “¿Hasta cuándo?” “Ya está muy grande.” Pero a pesar de esa presión, ella se seguía sintiendo bien con lo que estaba haciendo. Su hija lo disfrutaba. Ella también. Así que decidió ponerse una meta personal: si todo seguía fluyendo bien, amamantaría hasta los dos años. Sin embargo, con el paso de los meses comenzó a experimentar algo que casi nadie menciona cuando se habla de lactancia prolongada. El cansancio. Un cansancio profundo. Físico y emocional. Su hija ya no era un bebé que lloraba para pedir pecho. Era una niña independiente que simplemente venía, levantaba la blusa de su mamá y comenzaba a amamantar. No había horarios, no había avisos. Era una relación completamente a libre demanda. Y poco a poco comenzó a aparecer un sentimiento difícil de admitir: a veces se sentía invadida. No porque no amara a su hija. No porque no creyera en la lactancia. Sino porque el cuerpo también tiene límites. Lo más duro no era el cansancio. Lo más duro era la culpa por sentirse así. Culpa por pensar que quizás ya era suficiente. Culpa por preguntarse cómo iba a quitarle a su hija algo que le gustaba tanto. Culpa por imaginar el momento del destete. Porque en su mente el escenario era claro: La lloraría inconsolablemente y ella no tendría corazón para sostener esa decisión. La vida, sin embargo, tenía otros planes. Bueno… esa no fue la vida, fueron en realidad las decisiones conscientes que tomó esa mujer valiente, basadas en el amor por su hija y por ella misma. No quiero inventarme nada, así que les estoy compartiendo cada detalle de la historia como me lo contó ella. Me contó que un día tuvo que ir al dentista y recibir anestesia, lo que significaba que debía pasar veinticuatro horas sin amamantar. Cambió esa cita tres veces. No por falta de tiempo. Sino porque sabía que ese momento iba a obligarla a enfrentar la situación. Finalmente, fue. Mientras estaba fuera, la niña se quedó en casa con su abuela. Comió bien, tomó leche en vaso y jugó como siempre. Pero el verdadero momento llegaría cuando su mamá regresara a casa. Cuando abrió la puerta, su hija corrió hacia ella como siempre. La abrazó, la besó… pero esta vez su mamá decidió cambiar la rutina. En lugar de sentarse inmediatamente a amamantarla, comenzó a jugar con ella, a distraerla, a conectar desde otro lugar. Llegó la hora del baño, ese momento que siempre terminaba con la niña dormida en el pecho de su madre. Entonces hizo algo muy sencillo. Se puso unos curitas en los pezones. La cargó y le explicó con calma: “Las tetitas de mamá tienen que descansar. Ahora vamos a tomar leche en el vasito.” La niña lloró un poquito. Nada más. Se quedó pegada a su mamá, abrazándola con fuerza, como si comprendiera que algo estaba cambiando. Y luego… se durmió. La mamá le temía a la noche porque había imaginado que seria terrible escucharle llorar y no poderle dar el pecho. La noche llegó y volvió a repetirse la escena, el cuento, la leche en un pomito, la explicación suabe de que las téticas de mamá ya tenían que descansar. La niña volvió a llorar, pero mamá estaba consciente del proceso que estaban viviendo las dos, la cargó, fueron juntas a la sala, le habló, le cantó, la abrazó. Y algo muy profundo ocurrió en ese momento: la niña parecía entender. Les puedo asegurar que había tanto asombro en las palabras y la voz de esa mamá, lo había logrado y no había sido tan caótico como lo había pensado. Lo más sorprendente vino después. Desde ese día, su niña de dos años nunca más intentó levantar la blusa de su mamá para buscar el pecho. La niña que parecía incapaz de vivir sin amamantar… había entendido.Y entonces su mamá comprendió algo muy importante. El apego seguro no estaba en el pecho. El apego seguro estaba en la relación. En el vínculo. En la presencia. En el amor construido durante esos dos años. Durante mucho tiempo ella había escuchado frases como: “Los niños solo buscan a la mamá porque es la que tiene leche.” Pero esa experiencia le demostró lo contrario. El apego seguro no depende del pecho. Depende del vínculo. Muchas madres viven procesos parecidos llenos de dudas, cansancio y culpa. Culpa por sentir que ya no pueden más. Culpa por pensar que quizás ha llegado el momento de cambiar algo y muchas veces guardan ese sentimiento en silencio por miedo a ser juzgadas. Pero la maternidad también es un camino de escucha interior. Escuchar el cuerpo. Escuchar el cansancio. Escuchar lo que sentimos. Porque liderar en la crianza no significa hacerlo todo perfecto. Significa aprender a tomar decisiones conscientes, con amor y con respeto hacia nuestros hijos… pero también hacia nosotras mismas. Si esta historia resonó contigo, quizás sea porque en algún momento también has tenido que tomar decisiones que otros no entienden. La crianza tiene mucho de eso: opiniones externas, consejos, críticas… pero también momentos en los que una madre aprende a confiar en su propia voz. Yo estoy muy agradecida de que esa mamá valiente me haya compartido su historia, sé que puede ser la historia de muchas. Aquí tienes los puntos clave de las decisiones que tomó esta mamá y que hicieron que el proceso no fuera tan difícil . 1. No permitió que las opiniones externas dirigieran su decisión Aunque sentía la presión social por amamantar a una niña mayor, no dejó que los comentarios determinaran cuándo debía parar. La decisión la tomó desde su convicción, no desde el juicio externo. 2. Se escuchó a sí misma Reconoció algo que muchas madres callan: estaba cansada. Escuchar su propio cuerpo y sus emociones fue el primer paso para tomar una decisión consciente. 3. No negó sus emociones ni las escondió Aceptó la frustración, el agotamiento y la culpa sin negar que estaban ahí. Reconocer lo que sentimos nos permite tomar decisiones más sanas. 4. Observó a su hija y entendió su proceso Se dio cuenta de que su hija ya no necesitaba el pecho para alimentarse, sino como consuelo y rutina. Esta observación le permitió entender mejor el cambio que debía hacer. 5. Eligió un momento que facilitara el cambio La cita médica que le exigía 24 horas sin amamantar se convirtió en una oportunidad para comenzar el proceso. 6. Preparó alternativas antes de quitar el pecho Introdujo otras formas de consuelo y alimentación: leche en vaso, cuentos, abrazos, presencia. 7. Explicó el cambio a su hija con respeto Aunque su hija tenía solo dos años, le habló con claridad y cariño: “Las teticas de mamá tienen que descansar.” Los niños entienden mucho más de lo que pensamos cuando se les habla con calma y seguridad. 8. Acompañó el proceso con cercanía física No retiró el pecho y se alejó. Al contrario: abrazó, caminó con ella, la cargó y la consoló. 9. Sostuvo el límite con calma Cuando la niña lloró o buscó el pecho, no cambió la decisión por miedo o culpa, pero tampoco respondió con dureza. 10. Confió en la capacidad de su hija para adaptarse No subestimó la inteligencia emocional de su hija. Creyó que ella podía entender y transitar el cambio. 11. Cambió la rutina sin romper la conexión Sustituyó el pecho por otros rituales: cuentos, leche caliente, contacto y conversación. 12. Entendió que el apego seguro no depende del pecho Descubrió algo muy poderoso: la seguridad emocional de su hija no estaba en la lactancia, sino en el vínculo construido. 13. Reconoció que el amor también incluye poner límites El destete no fue una ruptura del vínculo, fue una transición dentro de una relación segura. 14. Confió en el vínculo que había construido durante dos años Ese vínculo fue la base que permitió que el cambio ocurriera sin trauma. Cuando una madre hace eso, los niños muchas veces responden con algo que sorprende a todos: confianza. Un fuerte abrazo Elisa Si aún no formas parte de nuestra comunidad de Parents and Leaders , únete en el enlace que está abajo. https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY?mode=hq1tcli
Por Elisa Sainz 3 de marzo de 2026
Lo confieso. En demasía no es saludable, pero a veces me encuentro con ideas muy interesantes cuando por un rato hago scrolling en Instagram. Este blog precisamente nace de una pregunta que el músico puertorriqueño Manolo Ramos lanzó a su comunidad: A ver qué mujer valiente nos aclara esta duda… Mujeres, ¿por qué les produce tanta ansiedad y tanta incomodidad ver a sus esposos sentados, descansando? Cuando escuché esa pregunta no pensé en teoría. Pensé en mí. En mi propia molestia. En mi propio enojo. Y también en la ansiedad de tantas mujeres que la viven en silencio. Lo digo con firmeza porque esta conversación ha surgido muchas veces en mis charlas con madres, en conversaciones en la puerta, en confesiones que comienzan casi siempre con un susurro y terminan con un suspiro de alivio: “ Pensé que era la única. ” Así que, sin pensarlo mucho, me dije: Elisa, vamos a contestarle a Manolo. A las mujeres no les molesta que sus esposos descansen. Lo que duele no es el descanso. Lo que duele es no poder descansar una misma. La ansiedad aparece cuando ella sigue como hormiga por la casa recogiendo juguetes, guardando ropa, preparando mochilas, recordando tareas, anticipando el mañana… mientras su cuerpo le pide sentarse, pero su mente no se lo permite. Porque si se sienta, aparece la culpa. Porque todavía falta mucho por hacer. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque alguien siempre ha sido ella. Esa es la carga invisible. Invisible para él, muchas veces. Invisible para los demás e invisible, incluso, para ella misma. Hablaré ahora desde mi propia experiencia. Yo no sentía ansiedad. Sentía enojo. Lo veía sentado y mi mente se llenaba de preguntas: ¿No se dará cuenta de que la casa está regada? ¿No ve que los niños no se han bañado? ¿No le importa? Pero hay algo importante que entendí después: todas esas preguntas eran sobre él. Nunca sobre mí. Por eso el enojo no se iba. Por eso nada cambiaba. Hasta que un día, no sé si por cansancio, por conciencia o por gracia, comencé a hacerme preguntas diferentes: ¿Por qué me molesta tanto esto? ¿Por qué este patrón se repite? ¿Por qué no me permito sentarme también? Y ahí empezó todo. Este comportamiento femenino no nace en la adultez. Nace en la historia. En la cultura. En las creencias que heredamos sin darnos cuenta. Durante generaciones, el valor de la mujer ha estado profundamente ligado al sacrificio. La mujer buena era la que podía con todo. La que no se quejaba. La que servía primero y se servía después. La que descansaba al final… si quedaba tiempo. Aprendimos que nuestro amor se medía en cansancio. Aprendimos que anticiparnos a las necesidades de todos era nuestra responsabilidad. A esto hoy se le llama carga mental : ese trabajo constante de pensar, planificar, recordar, sostener. No es solo hacer, es cargar con el peso invisible de que todo funcione. Cuando una vive así por años, el descanso del otro no se siente como descanso. Se siente como abandono. No porque el otro esté haciendo algo mal, sino porque una nunca aprendió a dejar de hacerlo todo. También hay creencias profundas que operan en silencio: Si pido ayuda es porque no soy capaz. Si no puedo con todo es porque estoy fallando. Si me siento es porque soy floja. Si me quejo soy mala esposa. Si descanso soy mala madre. Son creencias que no cuestionamos porque parecen verdades. Pero no lo son. Son trampas. Trampas que nos desconectan de nosotras mismas. Porque la verdad es que muchas mujeres no están cansadas solo físicamente. Están cansadas de sentir que no tienen permiso para soltar y aquí viene la parte más difícil de decir, pero también la más liberadora: Muchas veces, nadie nos exige tanto como nos exigimos nosotras mismas. Ese fue mi descubrimiento. Mi esposo no me exigía hacerlo todo. La exigencia venía de mí. De la idea de quién debía ser. De la mujer que creí que tenía que ser para ser suficiente. Cuando entendí eso, algo cambió. Comencé a sentarme más, incluso cuando la incomodidad aparecía. Comencé a pedir ayuda sin sentir que estaba fallando. Comencé a tolerar que no todo estuviera perfecto. Y descubrí algo hermoso. El mundo no se cayó. Los niños siguieron creciendo. La casa siguió siendo hogar y yo, por primera vez en mucho tiempo, también me sentí habitando mi propia vida. Este blog no es una acusación hacia los hombres. Es una invitación hacia las mujeres. Una invitación a mirar hacia adentro. Porque el verdadero cambio no empieza cuando el otro se levanta. Empieza cuando una se permite sentarse sin culpa. Empieza cuando dejamos de confundir amor con sacrificio constante. Empieza cuando entendemos que descansar no es abandonar. Es regresar a una misma, es cuidarse. Tal vez, solo tal vez, cuando más mujeres se permitan hacer eso, dejará de incomodarnos ver a alguien descansar. Porque por fin, nosotras también estaremos en paz. Hay algo más que quiero compartirte, porque este cambio no ocurrió por casualidad. Ocurrió por decisión.
Por Elisa Sainz 24 de febrero de 2026
En el blog anterior te hablé de dos conceptos que, cuando los aprendí, me ayudaron a entender muchos de los conflictos que ocurrían en mi casa. Con mis hijos… y también con mi pareja. Estos conceptos son overfunctioning (sobrefuncionamiento) y underfunctioning (subfuncionamiento) . Si no has leído el blog anterior , no te preocupes. Te dejaré el enlace al final. El sobrefuncionamiento ocurre cuando una persona hace más de lo que le corresponde, emocional o prácticamente. El subfuncionamiento ocurre cuando la otra persona hace menos de lo que es capaz o de lo que le corresponde. Para que lo veas con más claridad, quiero contarte la historia de Ivette, Samuel y su hijo Eric. Ivette y Samuel llevan 16 años de casados. Ivette es peluquera y trabaja seis días a la semana. Samuel es enfermero y trabaja turnos de doce horas, solo tres días a la semana. Samuel hace mucho en casa: limpia, cocina y mantiene el orden. Su relación de pareja es bastante armoniosa. Pero cuando se trata de su hijo Eric… todo cambia. Eric tiene casi quince años. Es alto, fuerte, parece un adulto. Pero su padre se queja constantemente: —Tiene tamaño de hombre… pero se comporta como un niño. Ivette siempre responde: —Todavía es un niño. Durante años, Ivette hizo todo por su hijo. Le servía la comida. Le recogía el plato. Le resolvía todo. Eric creció sin tener que esforzarse. Cuando Ivette comenzó a trabajar fuera de casa, Samuel pasó más tiempo con su hijo… y entonces comenzaron los conflictos. Eric no sabía hacer nada. No porque fuera incapaz. Sino porque el sistema nunca le permitió desarrollar su capacidad. Como explicó el psiquiatra Murray Bowen: Mientras más funciona uno, menos funciona el otro. Es un equilibrio inconsciente. Eric creció pensando: ¿Para qué voy a hacerlo… si mi mamá lo hará por mí? Esto no es flojera. Es pérdida de confianza. Desde afuera, Ivette parece fuerte. Parece que lo sostiene todo. Pero muchas veces está funcionando desde la ansiedad, no desde la confianza. Su ayuda, aunque nace del amor, envía un mensaje invisible: No confío en que puedas. Y Eric lo internaliza. Samuel, por su parte, aunque ayuda mucho en casa, dejó la responsabilidad emocional de la crianza sobre Ivette durante años. El sistema se organizó así. Nadie lo planificó. Pero todos participaron y hoy… todos sufren sus consecuencias. Pero aquí está lo más importante de todo: Esto se puede transformar. El cambio no comienza en el adolescente. Comienza en el adulto. Comienza cuando el adulto deja de hacer lo que el hijo puede hacer. Cuando el adulto tolera la incomodidad de soltar. Cuando el adulto comienza a confiar. Porque la crianza no es hacer todo por ellos. Es prepararlos para que puedan hacerlo sin nosotros. Parte de aprender a pensar sistémicamente es cambiar la pregunta que nos hacemos. No preguntarnos por qué. Sino preguntarnos cómo. No: ¿Por qué mi hijo es así? Sino: ¿Cómo participo yo en este sistema? ¿Cómo se mantiene este patrón? ¿Cómo puedo empezar a transformarlo? Porque si el sistema se aprendió… el sistema también se puede transformar. El ciclo se puede romper. Pero ese cambio comienza en ti. Romper este ciclo no ocurre cuando el niño cambia. Ocurre cuando el adulto decide cambiar. Porque liderar en la crianza implica, muchas veces, hacer lo más difícil: Mirarnos a nosotros mismos. Estrategias prácticas que puedes aplicar desde hoy Observa antes de intervenir. Haz una pausa y pregúntate: ¿puede hacerlo solo? Tolera la incomodidad. La frustración es parte del crecimiento. Suelta progresivamente. Entrega responsabilidades poco a poco. Confía más. La confianza se construye permitiendo que lo intenten. Hazte responsable de tu parte. El sistema no cambia cuando el niño cambia. Cambia cuando tú cambias. Porque aquí está la verdad más importante: Romper este ciclo requiere liderazgo. No liderazgo sobre ellos. Liderazgo sobre ti. Cuando tú cambias, el sistema cambia. Y cuando el sistema cambia… tu hijo también cambia. Si aún no formas parte de nuestra comunidad, únete en este enlace: https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY?mode=gi_t Allí seguimos transitando, aprendiendo y compartiendo juntos este camino de liderazgo en la crianza. Un abrazo, Elisa Blog anterior: Dos conceptos que explican muchos de los conflictos que tienes con tus hijos y hasta con tu pareja
Por Elisa Sainz 17 de febrero de 2026
Los comportamientos de nuestros hijos que no nos gustan solemos criticarlos, nos preocupan, nos quejamos de ellos, intentamos corregirlos. Vemos la falta de responsabilidad, la inseguridad, la dependencia, y pensamos que el problema está en el niño. Pero hay algo importante que pocas veces vemos. Esos comportamientos, aunque vivan en nuestro hijo o en nuestra hija, no nacen en el vacío. Forman parte de un sistema. Son el resultado de un sistema. Hoy quiero hablarte de dos conceptos que, cuando yo los aprendí, me ayudaron a entender muchas conflictos que ocurrían en mi casa. Con mis hijos y también con mi pareja. Los conceptos son overfunctioning (sobre-funcionamiento) y underfunctioning (sub-funcionamiento) El sobre-funcionamiento es cuando una persona hace más de lo que le corresponde, emocionalmente o prácticamente. Y el sub funcionamiento es cuando la otra persona hace menos de lo que es capaz o de lo que le corresponde. Te pondré un ejemplo muy común. Una madre que hace todo. Decide todo. Resuelve todo. Protege demasiado. Se anticipa a cada problema. Esa madre, sin darse cuenta, está sobre-funcionando. ¿Y qué ocurre con el hijo dentro de ese sistema? Es un hijo que duda de sí mismo. Que depende. Que parece inseguro. Que evita la responsabilidad. Pero el niño no nació así, el sistema lo creó. El influyente psiquiatra estadounidense, Murrey Bowen, pionero en la terapia familiar, lo explicó de manera muy clara: mientras más funciona uno, menos funciona el otro. Es un equilibrio inconsciente. El mensaje invisible que el niño recibe no es “te amo” es “no confío en que tú puedas”. Y el niño lo integra. Lo hace parte de su realidad. ¿Para qué voy a esforzarme si mi mamá lo va a hacer? Aunque me exija, aunque se moleste, aunque me regañe… al final lo hará. Me ayudará a vestirme. Me dará la comida que quiero. Recogerá por mí. Resolverá por mí. Y mientras más lo hace ella, menos lo hace el niño. No porque el niño sea flojo. Sino porque el sistema no le permite desarrollar su confianza. La madre, por su parte, vive con pensamientos como: Si no lo hago yo, no lo hace nadie. Si no lo ayudo, no podrá. Si no intervengo, algo malo pasará. El sobre-funcionador, esa mamá controladora, gritona, que está pendiente de todo, desde afuera parece fuerte. Parece que lo sostiene todo, incluso que puede con todo. Pero la realidad es otra, muchas veces está funcionando desde la ansiedad, no desde la confianza. Esa aparente fortaleza no es fortaleza, es ansiedad disfrazada de ayuda. Este fenómeno ocurre en cualquier tipo de relación, no ocurre solo entre madre e hijo. También ocurre en la pareja. Una esposa que organiza todo, que recuerda todo, que decide todo, que está pendiente de la escuela, de las citas médicas, de la casa… Está sobre-funcionando. Y el esposo, muchas veces, pasa al otro lado del sistema. Olvida. Depende. Se vuelve pasivo. ¿Y qué ocurre entonces? Ella se siente agotada. Resentida. Sola. Y él se siente incompetente. Criticado. Insuficiente. Ambos están atrapados. No porque uno sea el problema. Sino porque el sistema funciona así. Pero aquí está lo más importante de todo. Esto se puede transformar. El cambio no comienza cuando el niño cambia. Comienza cuando el adulto cambia. Cuando el adulto deja de hacer lo que el niño puede hacer. Cuando el adulto tolera la incomodidad de soltar. Cuando el adulto empieza a confiar. Porque la crianza no es hacer todo por ellos. Es prepararlos para que puedan hacerlo sin nosotros. Y ese proceso comienza cuando tenemos el valor de dejar de sobre-funcionar. Pero todo esto no es blanco y negro. Por supuesto que, si tu hijo tiene dos años, lo vas a vestir. Por supuesto que, si tu adolescente tiene catorce años, aún lo vas a acompañar al médico. El punto no es dejar de cuidar. El punto es entender, según la etapa del desarrollo en la que está, qué podemos empezar a soltar. Volvamos al ejemplo del niño que puede vestirse solo. Un niño de cuatro o cinco años ya puede vestirse completamente solo… si ha sido preparado para eso. Pero si no lo soltamos, si seguimos haciéndolo por él, va a cumplir siete, ocho, nueve y diez años… y seguirá esperando por ti. No porque no pueda, sino porque el sistema le enseñó que no es su responsabilidad. Y aquí quiero ir un poco más profundo. A los humanos nos encanta ponernos etiquetas. Y ahora te he dado dos nuevas: sobre-funcionador y sub-funcionador. Quizás te identifiques con una de ellas. Quizás pienses: “esa soy yo”. Pero hay algo importante que no podemos olvidar. Estas etiquetas no son identidades. Son posiciones dentro de un sistema y esas posiciones pueden cambiar. Puede haber áreas en tu vida donde sobre-funcionas, y otras donde sub-funcionas. Quizás en la crianza haces todo. Pero en las finanzas dejas que tu pareja lo maneje todo. Quizás en el trabajo eres completamente autónomo. Pero emocionalmente dependes de otros. Cuando nos ponemos etiquetas rígidas, perdemos de vista lo más importante: la complejidad del sistema. No somos individuos aislados. Somos parte de un sistema. La familia es un sistema y nuestros cerebros se desarrollaron dentro de ese sistema. Aprendimos a funcionar como funcionamos… para adaptarnos. Por eso, parte de aprender a pensar sistémicamente es cambiar las preguntas que nos hacemos. No preguntarnos por qué. Sino preguntarnos cómo. Cuando preguntamos por qué, buscamos una causa simple para una realidad compleja. “Soy así porque mis padres me criaron así.” Pero cuando preguntamos cómo, algo diferente ocurre. ¿Cómo se mantiene este patrón hoy? ¿Cómo participo yo en este sistema? ¿Cómo puedo empezar a transformarlo? Porque lo más poderoso de todo esto es entender que no estamos atrapados. Si el sistema lo aprendimos, el sistema también se puede transformar. El ciclo se puede romper, pero ese cambio no comienza en el niño o en el otro adulto que tiene comportamientos que te molestan, comienza en ti. Deja de hacer lo que el otro puede hacer. Comprende que debes tolerar la incomodidad de soltar para romper el ciclo. Deja de funcionar desde la ansiedad… y comienza a funcionar desde la confianza. Ahí, el sistema completo empieza a cambiar. Romper este ciclo no ocurre de la noche a la mañana. No ocurre porque el niño cambie. Ocurre cuando el adulto decide cambiar. Porque liderar en la crianza implica, muchas veces, hacer lo más difícil: mirarnos a nosotros mismos. Aquí te comparto algunas estrategias que puedes comenzar a aplicar desde hoy: Observa antes de intervenir. La próxima vez que sientas el impulso de hacer algo por tu hijo, haz una pausa y pregúntate: ¿puede hacerlo él solo? Tolera la incomodidad. Ver a nuestros hijos frustrarse no es fácil. Pero esa frustración es parte del proceso de crecimiento, no algo que debamos eliminar. Suelta progresivamente. No se trata de soltar todo de golpe, sino de ir entregando pequeñas responsabilidades, de acuerdo a su edad y preparación. Confía más. Confía en su capacidad, incluso cuando cometa errores. Así es como se construye la confianza real. Hazte responsable de tu parte . En lugar de enfocarte únicamente en lo que tu hijo no hace, pregúntate qué estás haciendo tú que podría estar manteniendo ese patrón. Porque aquí está la verdad más importante de todas: Para romper este ciclo, se necesita liderazgo. Liderazgo no sobre ellos. Liderazgo sobre ti. Implica hacerte responsable de las cosas que te molestan, que te frustran, que te enojan… y tener el valor de reconocer que, muchas veces, no son causadas únicamente por el comportamiento de tu hijo, sino por la dinámica que se ha creado en el sistema. No es un camino cómodo, pero es un camino profundamente transformador, porque cuando tú cambias, el sistema cambia y cuando el sistema cambia, tu hijo también cambia. Si aún no formas parte de nuestra comunidad, únete en este enlace Allí seguimos transitando, aprendiendo y compartiendo juntos este camino de liderazgo en la crianza. Un fuerte Elisa
Por Elisa Sainz 11 de febrero de 2026
¿Eres de los que aman a Bad Bunny o de los que no pueden escucharlo? En estos tiempos, te guste o no, su música te alcanza: suena en la radio cuando manejas, aparece en la televisión cuando visitas a una amiga, está en los comerciales, en las fiestas y en las redes sociales… está prácticamente en todas partes. Puede gustarte o no, puedes estar de acuerdo o no con sus letras. Yo, por ejemplo, detesto muchas de sus canciones, sobre todo de sus discos pasados. Podemos decir que canta mal, burlarnos de su voz o sentir que no conecta con nosotros. Todo eso es válido. Pero hay algo que merece una mirada más amplia. Hace apenas diez años, el mismo hombre que vimos vestido de blanco cantando ante millones de personas —en vivo y detrás de una pantalla— estaba trabajando en un supermercado, llenando bolsas y ganando un salario muy bajo. El domingo pasado estuvo en uno de los escenarios más vistos del planeta: el medio tiempo del Super Bowl. Cuando nos quedamos solo con el “no me gusta”, nos perdemos otras capas que pueden ser inspiración. Lo que hizo Benito con su último disco, Debí tirar más fotos, me pareció increíble por el homenaje que le hizo a su país, por poner la cultura, el folclore, la música y la identidad puertorriqueña en el centro. Fue un tributo a Puerto Rico que puso el foco en casa, impactó el turismo, generó empleo y logró que el mundo mirara a esa isla del Caribe. Pero en el blog de esta semana no vengo a hablarte solo de ese famoso puertorriqueño. Vengo a hablarte de algo más profundo: la crianza de nuestros hijos en la era de Bad Bunny. El domingo, durante el medio tiempo del Super Bowl, ocurrió algo que me dejó pensando más de lo que esperaba. Mi hija y sus amigas estaban en su cuarto y yo creía que estaban jugando como siempre. De pronto, cuando comenzó la presentación, salieron corriendo hacia la sala, emocionadas, riendo, gritando, llevando en sus manos imágenes que ellas mismas habían impreso y decorado de Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny). No estaban jugando: se estaban preparando para ese momento. Las miré con detenimiento y comprendí algo muy claro: ellas pertenecen a este tiempo, a esta generación, a este momento histórico. Aunque en casa escuchen otro tipo de música, están formando sus propios gustos, su propia identidad y su propia manera de mirar el mundo. Ahí es donde comienza la contradicción para mí como madre. No puedo hacerme la ciega ante el fenómeno que representa Bad Bunny, porque no es solo música: es cultura, identidad y representación. Es evidente que no tiene la voz más técnica ni la más melodiosa —basta con escucharlo—, pero tiene algo que no se puede negar: carisma, presencia y una conexión profunda con una mayoría que no somos precisamente quienes escuchamos a Andrea Bocelli o Juan Diego Flórez. Sin embargo, sus letras son otro asunto. Muchas veces son grotescas, vulgares, explícitas y claramente no aptas para niños. Y ahí aparece la gran pregunta que me hago como madre: ¿Cómo protegemos a nuestros hijos en un mundo donde esto está por todas partes? Podría prohibir, censurar o decir que en mi casa no se escucha Bad Bunny. Pero siendo honesta conmigo misma, no tengo planes de irme a vivir con ellos como ermitaña al medio del bosque sin teléfono ni internet, y menos aún viviendo aquí en Miami-Dade, donde su música está literalmente en todas partes. Por eso he llegado a una conclusión distinta: no se trata de prohibir, se trata de enseñar a discernir. Se trata de mostrar lo malo, pero también lo bueno. Prefiero hablar claro con mi hija, explicarle por qué a mí no me gustan muchas de sus letras, ayudarla a escuchar con criterio, a diferenciar entre ritmo y mensaje, y a entender que puede disfrutar de una canción sin adoptar todo lo que dice. ¿Qué pasa cuando, delante de nuestros hijos, destruimos a alguien que ha llegado lejos solo porque no nos gusta o porque no estamos de acuerdo con todo lo que hace? ¿Qué estamos modelando realmente: descalificación automática o pensamiento crítico y discernimiento? La invitación no es a aplaudirlo todo, sino a aprender a separar. Puedo no amar una marca de ropa y aun así reconocer que tiene piezas buenas; puedo disfrutar de un restaurante y no amar todos sus platos. Del mismo modo, no tengo que amar todo de Bad Bunny para reconocer su impacto y su mérito. Y te confieso algo con total honestidad: cada vez que suena “Debí tirar más fotos”, yo también la canto y la bailo, y además reconozco que en su último disco hay una mejora evidente en los arreglos musicales. Eso no me convierte en incoherente, me convierte en humana. Tal vez de eso se trata la crianza hoy: no de blindar a nuestros hijos de la cultura, sino de acompañarlos a atravesarla con conciencia, con criterio, con conversación y con presencia. Todo este tema me lleva a algo más amplio sobre la crianza. Hay quienes rechazan la crianza consciente porque la culpan de la llamada “generación de cristal”, de criar niños débiles o con poca tolerancia a la frustración. Y en el otro extremo están quienes se vuelven tan permisivos, tan temerosos de hacer llorar a sus hijos, que pierden el equilibrio por miedo a ser autoritarios. Entonces me pregunto: ¿por qué nos encanta irnos a los extremos cuando en el medio hay tanto por conocer y aprender? De eso hablo en mi libro Líderes en la crianza: liderar no es pararse en una sola postura rígida, sino aprender a moverse entre distintas posiciones para mirar mejor, comprender más y conectar más profundo. Porque si hay algo que la mayoría de las madres y padres queremos es precisamente eso: conectar más con nuestros hijos, tener menos luchas de poder y no tener que repetir las cosas mil veces. No te tiene que gustar todo de Benito, como tampoco tienes que aplicar cada estrategia de la disciplina positiva al pie de la letra. Pero date la oportunidad de mirar más allá de tu primera reacción —así como te invito a mirar la crianza con mayor amplitud—. Verás que hay mucho con lo que sí te puedes quedar, mucho que puede servirte y ayudarte a crecer como madre o padre. Si este tema te resuena y quieres profundizar más en cómo liderar desde el equilibrio, te invito a ir al siguiente enlace ( https://a.co/d/06aCkGiY ) y obtener tu copia de mi libro Líderes en la crianza. Allí desarrollo con más calma estas ideas y te comparto herramientas prácticas para criar con más conciencia, conexión y criterio en el mundo que nos toca habitar hoy.
Por Elisa Sainz 3 de febrero de 2026
Un día, después de nueve meses de espera, planificación y predicciones, nació por cesárea mi primera hija. Pasé muchas horas en trabajo de parto, pero no dilaté lo suficiente y la frecuencia cardiaca de mi bebé comenzó a bajar. Ella también estaba exhausta de intentar salir y mi cuerpo no le daba paso. Por esa razón terminé en el quirófano y, en ese momento, sentí que ese había sido mi primer “fracaso” como madre. No pude dar a luz mediante parto natural. Con el tiempo vinieron otros fracasos y otras frustraciones. Y con cada uno de ellos se fue instalando en mí una duda, una pregunta silenciosa que me impulsaba a buscar. No sabía exactamente qué buscaba, pero sabía que había algo más. Durante esos años trabajé como maestra de educación infantil y dentro del salón de clases, las mismas preguntas me acompañaban. Mi búsqueda continuaba. Con el nacimiento de mi segundo hijo tomé una decisión profunda: no quería volver a vivir lo que había vivido con mi primera hija, a quien tuve que dejar en casa con su abuela con apenas días de nacida para ir a trabajar. Recuerdo estar sentada en aquel salón de clases y empezar a llorar sin poder contenerme cuando sentía mis senos llenos y duros de leche, pero no tenía a quién dársela. Aquella tarde me prometí que, si tenía otro hijo, lo cuidaría yo misma. Casi cinco años después nació mi segundo hijo y, con él, el cumplimiento de esa promesa. Abrí un pequeño centro de cuidado y educación infantil en mi hogar que me permitió amamantar, cuidar, abrazar y acompañar a mi hijo hasta casi los cuatro años. Esos años estuvieron llenos de retos, aprendizajes y conversaciones profundas con las madres y padres de los niños que asistían a mi centro. Cada historia, cada duda y cada cansancio compartido alimentaban esa búsqueda que había comenzado tiempo atrás. Me certifiqué en el Método Paternidad Efectiva porque los recursos que tenía para educar y conectar con mis hijos y alumnos ya no me estaban funcionando. Sentía que tenía que haber otra manera. Cuando me miraba a mí sola, como madre, me sentía abrumada. Pero cuando escuchaba a otras madres y padres, me daba cuenta de que casi todos compartíamos el mismo agotamiento, las mismas frustraciones y la misma sensación de no estar haciendo lo suficiente. Comprendí entonces algo importante: cuando nos miramos únicamente desde nuestra individualidad, creemos que nuestras dificultades son solo nuestras, que somos las únicas que fallamos o no podemos. Sin embargo, al mirar el panorama más amplio, al escucharnos y reconocernos en otros, descubrimos que formamos parte de algo más grande, de una experiencia compartida. Nuestra historia personal cobra otro sentido cuando la vemos en relación con la de los demás, y entendemos que no estamos aisladas, sino conectadas por desafíos, emociones y aprendizajes comunes. De toda esa aventura nació Líderes en la Crianza. Comencé a escribir cuando me di cuenta de que muchas de mis frustraciones no surgían de los comportamientos de mis hijos, sino de lo desconectada que estaba de mí misma. Me pregunté: ¿dónde había quedado Elisa después de ser mamá? Y en esa pregunta comenzó mi verdadero viaje. Seguí escribiendo. Los niños crecían y con ellos aparecían nuevos retos, nuevas preguntas, nuevos aprendizajes. Otras madres y padres llegaban con historias que me atravesaban, que me inspiraban y me empujaban a seguir buscando respuestas. Esa inquietud me llevó hasta la universidad, a estudiar psicología, no por obligación sino por un deseo genuino de comprender mejor cómo funcionamos los seres humanos, cómo nos relacionamos, cómo sentimos, cómo nos cuidamos… y también cómo, sin darnos cuenta, nos hacemos daño. Y yo seguía escribiendo. Hoy está renaciendo la última edición de Líderes en la Crianza . Porque, así como la crianza, la escritura es un proceso vivo, cambiante, desafiante y profundamente transformador. Es un viaje que nos invita a mirar hacia adentro, a criar con más conciencia y, sobre todo, a vivir con más conciencia nosotras mismas. En este libro te comparto los acuerdos que hice conmigo para sentirme más en paz, más presente y más conectada en mi labor de madre. No tienen que ser tus acuerdos, pero sí pueden ser un punto de partida, una referencia, una luz en el camino. Allí encontrarás estrategias para criar con menos gritos y más conexión, con menos culpa y más claridad, con menos agotamiento y más propósito. Porque si seguimos criando como nos criaron, en un mundo que ya no es el mismo, corremos el riesgo de repetir patrones que ya no funcionan, de heredar heridas que no nos pertenecen y de educar desde el miedo y no desde el amor. Corremos el riesgo de criar hijos obedientes pero desconectados, exitosos pero vacíos, acompañados pero solitarios. Y yo no quiero eso para ti ni para tus hijos. Tú mereces disfrutar más la crianza. Tus hijos merecen una madre, un padre más presente, más consciente y más conectado consigo mismo. Líderes en la Crianza puede ser ese acompañamiento que te permita hacer algo diferente, empezar por ti y transformar lo que ocurre en tu hogar. La preventa ya comenzó. Ordénalo ahora y el 6 de febrero lo tendrás disponible directamente en tu cuenta de Kindle, en formato digital. Si sientes que algo dentro de ti te está invitando a mirar tu maternidad o tu paternidad con otros ojos, este libro es para ti. Nos vemos del otro lado. Aquí te comparto el enlace 👉 https://www.amazon.com/dp/B0GL34L6WJ
Por Elisa Sainz 27 de enero de 2026
El Método correcto ¿según quién?
Por Elisa Sainz 19 de enero de 2026
Poco antes de que terminara el año 2025 tuve una conversación muy interesante con una mamá. De esas conversaciones entre madres en las que casi siempre hablamos de lo mismo: los hijos. Ella se quejaba de que tenía que hacérselo todo a su hijo. Alcanzarle el agua cuando tenía sed, peinarlo, vestirlo, hasta ponerle las medias. Según ella, no sabía hacer nada solo. Yo le pregunté: - ¿No sabe ponerse las medias o no lo has dejado hacerlo solo? Porque nosotras, las madres, a veces creemos que ellos no son capaces… y actuamos en consecuencia. ¡Ay no! -me respondió con cara de frustración-, algunas veces lo he dejado, pero se viste mal, se demora muchísimo, no hace nada bien y verlo tan torpe me impacienta. Al final termino haciéndolo todo yo. Ni siquiera sabe limpiarse cuando va al baño, así que ya te podrás imaginar. Mientras la escuchaba, yo tenía en la mente la imagen de su hijo. Lo conozco bien, hemos compartido muchas veces. Sé que no tiene ninguna necesidad especial que justifique que lo asistan en esas actividades. No le dije nada, pero por dentro la juzgué. Pensé: lo estás haciendo un inútil. Le estás dando la ayuda que no ayuda. Pasaron los días. Empezaron las clases el 5 de enero. Y esa mañana, mientras vestía a mi hijo para ir a la escuela, me cayó como un golpe aquella conversación. El mío no tiene diez años, pero tiene siete. ¿Cuál es la diferencia real? Muy poca. Yo también estaba dando la ayuda que no ayuda. Yo también estaba quitándole la oportunidad de aprender. Yo también estaba fabricando dependencia. Y ahí entendí algo más profundo: cuando hacemos todo por ellos, sin darnos cuenta, les enviamos un mensaje peligroso. Les decimos: “tú no puedes”, “yo lo hago mejor”, “no confío en tu capacidad”. Y ese mensaje se queda. Se instala. Se convierte en una voz interna que los acompaña durante años. Sentí vergüenza por haber juzgado a aquella mamá. Juzgar es fácil. Ver los errores ajenos es fácil. Mirar los propios… eso ya es otra historia. Ese 5 de enero tomé una decisión como propósito de año nuevo: no voy a vestir más a mi hijo. Esa fue la última vez. Porque si no se viste bien, la alternativa no es hacerlo por él. La alternativa es acompañarlo para que lo haga mejor. Pero eso no puede ocurrir si yo sigo haciendo la tarea completa por él. Si no se equivoca, no aprende. Si no intenta, no desarrolla habilidad. Yo puedo acompañar, puedo guiar, puedo estar cerca… pero no puedo sustituirlo. Si yo seguía vistiéndolo cada día, mi hijo iba a cumplir diez años como el hijo de aquella mamá, y yo puedo pronosticar que seguiría esperando por mí para ponerse la ropa. Y también puedo pronosticar que yo me quejaría mucho cuando eso ocurriera. Así que, si quiero que mi historia tenga un final diferente, tengo que hacer algo diferente hoy. Lo que voy a hacer distinto es dejar de hacer por él lo que él puede hacer por sí mismo. Ahí entendí que mis verdaderos propósitos de año nuevo no tenían que ver solo conmigo, sino con cómo estaba criando, porque al final, eso me afecta, de manera negativa o positiva, depende mí. También pensé en mi hija. Ella es la única de su grupo de doce años que no tiene teléfono. Cada vez que me lo dice, siento culpa. Pobrecita. Pero sé que no le hace bien. Sé el daño que causa. Sé que no tiene la madurez para manejarlo todavía y aun así, la culpa me aprieta. Otro propósito de este año fue ese: no volver a sentir culpa por decisiones conscientes que tomo por el bien de mis hijos. Y así fueron apareciendo varios propósitos nuevos. No de metas, no de listas, sino de conciencia. De eso habla mi libro Líderes en la crianza, de criar con más conciencia, con más liderazgo. No es un libro de año nuevo. Es un libro para cualquier momento del año en el que te canses de repetir los mismos patrones y obtener los mismos resultados. Es una invitación a mirar la crianza desde otro lugar. A dejar de quejarte siempre de lo mismo y empezar a cambiar lo que sí está en tus manos. Porque criar duele. Pesa. Cansa. Frustra. A veces ni siquiera el amor alcanza para que no nos sintamos agotados o enojados. “Líderes en la Crianza” es para que esa labor de educar a nuestros hijos pese menos. Para que entiendas mejor. Para que puedas disfrutar más esta labor profunda de ser madre o padre. Muy pronto estará disponible la tercera y última edición de este libro que cada madre y padre debería tener en casa. Ya te anunciaré la fecha. Ahora te pregunto a ti: ¿cuál sería un propósito consciente para esta nueva etapa en la crianza de tus hijos? Te leo.  Un abrazo Elisa
Por Elisa Sainz 12 de enero de 2026
Ania tenía 26 años y acababa de regresar de su luna de miel en Costa Rica. Brillaba. Se le notaba enamorada, ilusionada, llena de planes. En una de esas conversaciones largas con amigas; de las que se dan cuando todavía nadie tiene hijos, Ania habló de todo lo que soñaba para su futuro: los tres hijos que quería, la forma en que los criaría, el tipo de madre que sería. Y entonces lo dijo, muy segura: -Mis hijos no usarán pantallas hasta después de los cinco años. - ¡Qué exagerada! -le respondió una de sus mejores amigas, riéndose. Pero Ania, como siempre, tan elocuente y convencida de sí misma, explicó con estudios, investigaciones y argumentos sólidos por qué ella y su esposo habían tomado esa decisión. Fue tan persuasiva que sus amigas, ninguna de ellas aún madre, la celebraron y casi la coronaron: Ania va a ser una mamá excelente. Tres años después, Ania y su esposo preparaban la fiesta de cumpleaños número uno de su hija. La casa estaba llena de globos, la música sonaba, los primos corrían por los pasillos como si fuera una pista de carreras. A las 12:05 pm llegó el camión con el castillo inflable. Minutos después entraron por la puerta dos de aquellas amigas que habían escuchado, tiempo atrás, los grandes planes de Ania. - ¡Qué bueno que llegaron! -dijo ella, sin siquiera mirarlas-. Me estaba volviendo loca. En dos horas llegan los invitados y todavía falta tanto por hacer. -Tranquila, llegó tu equipo de refuerzo -respondieron ellas, sonriendo. Cuando terminaron de hablar, las amigas miraron hacia una esquina de la sala. Allí estaba la cumpleañera, sentada en una sillita alta frente al televisor. Miraba fijamente la pantalla mientras chupaba con fuerza su chupete. Una de las amigas, de esas que no saben callarse nada, preguntó con una sonrisa pícara: - ¿No decías tú, Ania, que no ibas a poner a tus hijos frente a una pantalla hasta después de los cinco años? Ania no respondió. No se defendió. No explicó nada. Solo se tapó la cara con las manos y siguió acomodando los manteles. Y quiero detenerme aquí un momento, porque no estoy contando esta historia para criticar a Ania. Nunca lo haría. No importa que ella hubiera dicho, con toda la convicción del mundo, que no permitiría pantallas antes de los cinco años, y que su hija, con apenas uno, estuviera sentada frente al televisor. No la juzgo. No la señalo. Porque yo no soy quien vive su vida. Yo no sé en qué rincón del mundo estás tú, ni cómo funciona tu cultura, ni qué redes de apoyo tienes. Pero donde vivo yo, aquí en Estados Unidos, se trabaja mucho, se corre mucho y se cría bastante sola. La familia no siempre está cerca. Todo el mundo tiene algo que hacer. Y cuando estás cansada, desvelada, sobrepasada, es muy fácil agarrarse de una pequeña ayuda. A veces esa ayuda tiene forma de pantalla. De quince minutos de silencio. De un niño distraído mientras tú respiras. Por eso no critico a Ania y espero que tú tampoco lo hagas. Espero que Ania no se sienta culpable por no haber cumplido aquella promesa que hizo antes de saber lo que realmente era criar. Porque una cosa es tener teorías sobre la maternidad… y otra muy distinta es vivirla. Ania caminaba por un terreno desconocido. Y lo más duro no era el cansancio. Era la duda. Esa sensación constante de no saber si lo que estaba haciendo era suficiente, si estaba siendo una buena mamá, si estaba tomando las decisiones correctas. A veces, en la crianza, se siente exactamente así: como caminar por un sendero que nunca antes hemos recorrido. Criamos sin mapa, sin certezas absolutas, preguntándonos si vamos bien o si estamos perdidos. Pero liderar en la crianza no es tenerlo todo claro desde el principio. Ania no falló porque cambió. Ania hizo lo que hacemos todos cuando la vida real llega: ajustó el camino. Liderar es eso. No es seguir al pie de la letra la versión ideal de la madre que creíamos que íbamos a ser. Es mirar la realidad, a ese hijo que tenemos delante, no al que imaginamos, y tomar decisiones desde ahí, con amor, con conciencia y con honestidad. Cuando educamos desde el liderazgo, aprendemos a mirar nuestros pies. Lo que hacemos hoy. Cómo hablamos hoy. Cómo nos regulamos hoy cuando estamos cansados, sobrepasados, inseguros. Ese paso, aunque sea pequeño, también educa. No tenemos que conocer el destino exacto. No tenemos que criar hijos perfectos. Tenemos que criar desde valores, desde límites y desde amor. Y también desde la humildad de saber que a veces tendremos que cambiar de idea, como lo hizo Ania, sin que eso nos quite dignidad ni nos haga malas madres o malos padres. Liderar en la crianza es eso: avanzar paso a paso, incluso con dudas, sabiendo que estamos construyendo un camino suficientemente bueno para nuestros hijos… y también para nosotros. Un abrazo fuerte, Elisa
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