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Esta historia la tengo guardada hace años. Hoy es un buen día para compartirla. Trabajaba como maestra en un centro de educación temprana. Quince niños de cuatro años en un salón y un deseo genuino de ayudar a todos a crecer, no solo de tamaño sino también de pensamiento. Ese día, una de mis alumnas cumplía años. Todos estaban felices, con esa felicidad particular que sienten los niños cuando hay dulces para comer y una vela para apagar. Había globos de colores pastel, un mantel rosa cubría la mesa y en el centro, un pequeño búcaro con flores blancas intentaba hacerse protagonista del salón, pero le fue imposible con todos aquellos pequeños con orejas de conejo moviéndose a brincos por aquel espacio que se les quedaba chiquito para tanta energía. La temática del cumpleaños estaba inspirada en Alicia en el País de las Maravillas. Maravillas tenía que hacer yo como maestra para mantener el orden en aquel salón cada vez que había cumpleaños y se rompía la rutina. Los padres de la cumpleañera habían traído orejas de conejo para cada uno de los amigos de su hija — todos, niñas y varones, porque a fin de cuentas hay conejos hembras y machos, ¿verdad? Las orejas de los niños eran blancas y azules, y las de las niñas, blancas y rosadas. Lo cierto es que se veían muy simpáticos con sus orejitas puestas. Después de que jugaron un rato, se cantó el Feliz cumpleaños, se comió el pastel y se embarraron las manos y la cara como si se hubieran sumergido dentro del merengue. Los padres me ayudaron a recoger el reguero que siempre queda después de una fiesta de cumpleaños, y los niños seguían felices y con sus orejas puestas, como si ya formaran parte del uniforme. Llegó la hora en que los padres comenzaron a llegar a recoger a sus hijos y yo a ponerme contenta otra vez. Sí — yo llegaba contenta a trabajar y a enseñar a mis niños por la mañana, y luego volvía a ponerme contenta cuando terminaba la jornada, porque por mucho que me guste mi trabajo, la verdad es que los niños demandan mucho y cansan. Nada, no te lo voy a adornar: que joden cantidad. Cada vez que llegaba una madre o un padre, yo le entregaba al niño y le contaba cómo había ido el día y lo bien que la habían pasado en el cumpleaños. La mayoría celebró las orejas que traían sus hijos en la cabeza. Excepto uno. Voy a decir que el niño se llamaba Michael. Michael corrió feliz a los brazos de su padre, y este lo saludó con una pregunta: — ¿Y esto? —dijo, mientras le quitaba las orejas de la cabeza al niño y me las entregaba. — Son de él —le contesté, y le expliqué que se las habían regalado a todos los niños por el cumpleaños que se había celebrado. En lo que yo terminaba de dar la explicación, Michael ya se había vuelto a poner las orejas, y el padre, de un gesto impulsivo, se las arrancó y me las puso en la mano. — Déjalas aquí —me dijo en tono áspero. Al escuchar eso, el niño comenzó a llorar y a reclamar sus orejas de conejo. El padre lo tomó por el brazo y se marchó rumbo a la puerta explicándole que los machos no usan orejas de conejo. Yo no intervine más porque me di cuenta por dónde iba la cosa. Y no pude más que sentir pena por el niño. Hay algo que nunca deja de asombrarme: con toda la información disponible, con décadas de investigación sobre desarrollo infantil e identidad de género, aún hay padres que le temen a unas orejas de conejo. Que creen, genuinamente, que un accesorio tiene el poder de cambiar quién es su hijo. La identidad no es tan frágil, ni tan moldeable, ni tan simple. Pero el miedo sí puede serlo.Y ese día, lo que vi en aquel padre no fue firmeza ni protección. Vi miedo. Y vi algo más silencioso, más profundo: un niño que aprendió, sin que nadie se lo explicara con palabras, que su alegría tenía límites. Que había partes de sí mismo que necesitaban ser contenidas, corregidas o incluso ocultadas para seguir siendo aceptado. Porque al final, no se trata de las orejas de conejo. Nunca se ha tratado de eso. Se trata del mensaje. La identidad de género en los niños no se forma por lo que tocan, lo que visten o con qué juegan. La ciencia lo ha explicado durante años: es un proceso complejo, influido por factores biológicos, genéticos y ambientales. No por colores, no por juguetes, no por disfraces de una tarde. Un niño que juega con muñecas no será gay por eso. Una niña que prefiere los carritos no será lesbiana por eso. Y un niño que se pone unas orejas rosadas en una fiesta seguirá siendo exactamente quien es cuando se las quite. Pero lo que sí deja huella… es lo que ocurre cuando se las quitamos nosotros y le decimos que eso no es de “macho” en ese gesto —a veces rápido, automático, casi como un reflejo— hay un mensaje mucho más potente que cualquier accesorio: “Eso que te gusta no está bien.” “Eso que eres, así como lo estás expresando, no es aceptable.” Y los niños no cuestionan ese mensaje, simplemente lo absorben, lo guardan y lo integran. Ahí es donde empieza algo que luego vemos años después en forma de inseguridad, vergüenza o desconexión. No porque quisieran ser algo distinto, sino porque aprendieron que para ser queridos tenían que dejar de ser completamente ellos. Y entonces la pregunta importante no es qué está formando la identidad de nuestros hijos. La pregunta es: ¿qué estamos formando nosotros con nuestras reacciones? Porque cada vez que permitimos que exploren, que jueguen, que prueben, que se expresen sin miedo… estamos construyendo seguridad. Y cada vez que intervenimos desde el miedo… estamos enseñando límites que no tienen que ver con el respeto, sino con la aceptación. Criar no es moldear a nuestros hijos para que encajen en lo que creemos correcto. Criar es acompañarlos mientras descubren quiénes son… con la suficiente confianza de que no necesitamos controlar cada expresión para que ese proceso sea sano. La identidad no se rompe por unas orejas de conejo. Pero la confianza en sí mismos… sí puede empezar a romperse con una mirada, un gesto o una prohibición cargada de miedo. Y ahí es donde, como padres, tenemos una responsabilidad profunda: no solo cuidar lo que hacen nuestros hijos, sino cuidar lo que sienten cuando lo hacen. Porque al final, lo que más marca no es el juguete, ni el disfraz, ni el momento. Es la sensación de ser vistos o la de tener que esconderse. Si aun no formas parte de nuestra comunidad de madres y padres en WhatsApp, aquí te comparto el enlace. 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Hay ideas que se repiten tanto en una cultura que terminan pareciendo verdad absoluta. Una de ellas es esta: que una “buena madre” es la que se entrega por completo. La que se olvida de sí misma. La que lo sacrifica todo. La que aguanta. La que siempre está disponible. La que hace de sus hijos el centro de su existencia. Esa imagen se aplaude, se romantiza y hasta se premia socialmente. Se habla con admiración de la madre que “vive solo para sus hijos” como si eso fuera la medida más alta del amor. Y sí hay mujeres que encuentran una plenitud profunda en la maternidad y eso es válido. Pero también hay muchísimas otras que no viven la maternidad como un lugar de plenitud total, sino como un amor inmenso, mezclado con cansancio, confusión, duelo, cambio y una enorme reorganización interna y eso también es válido. No las hace frías no las hace egoístas y definitivamente no las hace malas madres. Las hace humanas. Convertirse en madre no solo cambia la rutina. Cambia la estructura interna de una mujer. Cambian sus tiempos, sus prioridades, su cuerpo, su libertad, su energía, sus vínculos, su manera de habitar el mundo. Y cuando todos esos cambios ocurren al mismo tiempo muchas mujeres no solo están aprendiendo a cuidar a un hijo. También están tratando de responder una pregunta silenciosa pero muy importante: ¿Quién soy ahora? Esa pregunta no siempre se formula con palabras. A veces se manifiesta como irritabilidad, como culpa, como llanto fácil, como una sensación extraña de estar desconectada de una misma. A veces se ve en una madre que ama profundamente a sus hijos pero que se siente perdida por dentro. O en una mujer que pasa el día resolviendo mil cosas, pero se acuesta con la sensación de que no sabe dónde quedó ella en medio de tanto. Eso tiene nombre, aunque no siempre se diga así: crisis de identidad . Desde una mirada de mujer que lo ha vivido en carne propia, recocer lo que nos ocurre, es el primer paso del cambio. La llegada de un hijo no solo añade un nuevo rol a la vida de una mujer. Reorganiza por completo el sistema familiar y también el sentido del yo. En otras palabras, la maternidad no entra a una vida a traer solo alegría, trae también cambios que muchas veces resultan incomodos. Si una mujer no tiene espacio para procesar esos cambios, puede empezar a fusionarse con el rol de madre hasta el punto de creer que ser mamá es ahora su única forma válida de existir. Ese es uno de los grandes riesgos silenciosos de la maternidad idealizada. No el amor al hijo sino la fusión con el rol . Cuando una mujer se fusiona con la maternidad empieza a medir su valor personal casi exclusivamente por cómo le va con sus hijos. Si el niño coopera, ella siente que está bien. Si el niño desafía, si grita, si tiene una crisis, si algo no sale como esperaba, ella no solo vive esa dificultad, lo siente como una amenaza a su identidad. No piensa “esto fue un momento difícil”. Piensa o siente “estoy fallando”. Y desde ahí la frustración crece muchísimo. Por eso tantas madres se agotan tanto. No solo por la carga real de trabajo que ya de por sí es enorme sino porque además están sosteniendo internamente una presión imposible: hacer de la maternidad el centro total de su valor y de su identidad . Cuando eso ocurre todo pesa más. Las rabietas pesan más. Las noches difíciles pesan más. Las luchas de poder pesan más. La culpa pesa más. Porque ya no se trata solo de acompañar a un hijo en desarrollo sino de intentar demostrar a cada momento que una sí está siendo “la madre que debería ser”. Y ahí empieza un ciclo muy doloroso. La madre quiere hacerlo bien. Ama a sus hijos. Quiere estar presente. Quiere ser paciente. Quiere no repetir heridas. Pero como ha dejado de atender otras áreas importantes de su vida se empieza a vaciar. Duerme mal, se escucha poco, se regula menos, se posterga más, se exige demasiado. Y desde ese agotamiento se vuelve más reactiva. Pierde la paciencia con más facilidad entra en más luchas de poder, se siente más culpable y entonces trata de compensarlo entregándose todavía más. Da más, hace más, se exige más. Pero no porque eso funcione sino porque no sabe qué otra cosa hacer. Muchas veces lo que una madre necesita no es “amar más” a sus hijos. Ya los ama. Lo que necesita es volver a existir también como persona . Y esto es profundamente importante decirlo con claridad: ocuparte de ti no compite con tu maternidad, la fortalece . Una madre no deja de ser buena madre por querer silencio, por necesitar espacio, por extrañar partes de sí misma, por desear crecer en otras áreas, o por reconocer que la maternidad no le basta para sentirse completa. Eso no es falta de amor. Eso es salud psíquica. Eso es diferenciación. Eso es identidad viva. Cuando una mujer puede reconocerse no solo como madre, sino también como persona con un mundo interno, con límites, con deseos, con historia, con cuerpo, con pensamientos, con vocación, con contradicciones y con necesidad de descanso, algo muy importante empieza a cambiar. Ya no pone toda la carga de su sentido personal sobre la relación con sus hijos. Ya no vive cada conflicto como prueba de fracaso. Ya no necesita que todo salga bien para sentirse valiosa. Y desde ese lugar puede acompañar mucho mejor. Porque una madre más conectada consigo misma suele ser una madre con más capacidad de observación, de regulación, de presencia y de perspectiva. No porque se vuelva perfecta, sino, porque deja de criar desde el desbordamiento constante. Y eso se nota. Se nota en el tono de voz, en la forma de responder, en la capacidad de poner límites sin culpas. Se nota en la posibilidad de pedir perdón sin derrumbarse en la vergüenza. Se nota incluso en la manera de mirar a sus hijos, no como una extensión de sí misma sino como personas separadas con procesos propios. Aquí hay algo muy importante que también vale la pena nombrar: muchas mujeres no solo se pierden en la maternidad por presión externa. También lo hacen porque ahí encontraron un lugar seguro o una identidad socialmente aprobada. Para algunas ser “la madre que da todo” se convierte en una manera de sentirse necesarias, vistas, útiles o buenas. Y eso no se critica desde el juicio sino desde la compasión. Porque muchas veces detrás de ese sobre entregarse, hay una historia de haber aprendido que el amor se gana a través del sacrificio. Por eso este tema no se resuelve solo diciendo “date tiempo para ti” o “cuídate más”. Ojalá fuera tan simple. Esto toca capas más profundas: cómo aprendimos a valorarnos, qué significa para nosotras ser buenas mujeres, qué nos permitimos desear, cómo nos relacionamos con la culpa y cuánto permiso nos damos para existir más allá de lo que hacemos por otros. Volver a una misma en la maternidad no siempre se ve espectacular. A veces empieza muy pequeño. Empieza cuando una mujer se atreve a preguntarse con honestidad: ¿Cómo estoy yo? Empieza cuando deja de invalidar su cansancio porque “otras la tienen peor”. Empieza cuando reconoce que estar agotada, no es una prueba de amor. Empieza cuando nota que ha estado funcionando en automático y decide escucharse otra vez. Empieza cuando se permite recordar que además de madre, sigue siendo mujer, sigue siendo persona, sigue siendo alguien con una vida interior que merece atención. Y sí quizás algunas mujeres encuentran en la maternidad un centro profundamente suficiente para ellas. Y está bien. Pero muchas otras no. Muchas aman inmensamente a sus hijos y aun así necesitan algo más para sentirse vivas, en paz y enteras. Necesitan conversación, creatividad, propósito, descanso, silencio, amistades, escritura, terapia, movimiento, estudio, fe, arte o simplemente aire. Y necesitar eso no les quita nada como madres. Les devuelve algo esencial como seres humanos. La maternidad puede ser una parte hermosísima de la vida. Una parte que transforma, que enseña, que rompe, que revela, que expande. Pero no tiene que serlo todo. No debería serlo todo. Porque cuando una mujer desaparece dentro del rol, todos pierden un poco. Pierde ella. Pierde la relación. Y a largo plazo, incluso, pierden los hijos que necesitan no una madre borrada, sino una madre viva. Quizás una de las formas más sanas de honrar la maternidad, no sea exigirle a una mujer que se abandone por ella, sino permitirle vivirla sin tener que dejar de ser ella misma. Y tal vez ahí empieza una maternidad más honesta, más sostenible y más libre. Si esta reflexión resonó contigo quizás no es porque amas menos a tus hijos. Quizás es porque llevas tiempo necesitándote a ti también. Si aún no formas parte de nuestra comunidad en WhatsApp, únete ahora: https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY Un fuerte abrazo Elisa Creadora del Programa: “Parents and Leaders”

Hace poco escuché algo que me pareció tan simple como poderoso: la regla de los tres segundos. No sé exactamente de dónde salió ni a quién darle el crédito, así que no voy a fingir que es una idea mía. Solo sé que cuando la escuché, algo hizo clic en mí, porque sentí enseguida que no solo aplica en la convivencia entre adultos, sino también, y muchísimo, en la crianza de nuestros hijos. La regla dice algo muy sencillo: no hagas comentarios sobre algo que una persona no pueda cambiar en tres segundos. Así de simple. Si alguien tiene el zipper abierto, puedes decírselo. Si tiene una basurita en el pelo, si se embarró de labial en los dientes, si lleva la etiqueta de la ropa por fuera o la camisa al revés, decirlo puede ser incluso un gesto amable, porque estás ayudando a esa persona a corregir algo rápidamente y a sentirse mejor. Pero hay otro tipo de comentarios que no entran en esa categoría. Comentarios que no ayudan, no resuelven, no alivian y, sin embargo, se dicen todo el tiempo. “Cómo has engordado”, “pero mira como tienes el acné”, “el otro corte de pelo te quedaba mejor”, “si sigues bajando de peso te vas a desaparecer”. Son frases que no arreglan nada. Solo hacen que la otra persona se sienta observada, expuesta, juzgada y, muchas veces, avergonzada por algo que probablemente ya le pesa lo suficiente por dentro. Mientras pensaba en esto, no pude evitar llevarlo a la crianza. Porque los padres también hacemos esto con los hijos más veces de las que nos gustaría admitir. A veces no con mala intención, sino desde el cansancio, la frustración, el estrés o desde la forma en que nos hablaron a nosotros cuando éramos pequeños. Pero, aunque no haya mala intención, el efecto sigue estando ahí. Decimos cosas como “eres igual de grosero que tu padre”, “igual de insoportable a tu madre”, “qué difícil eres”, “siempre lo arruinas todo”, “qué arte tienes para acabarme la paciencia”, “eres un llorón”, “eres una malcriada”, “eres imposible”, “contigo no se puede”. Y muchas veces estas frases salen en segundos, casi sin pensar, pero el niño no las recibe como algo pasajero. Las recibe como verdad. Las recibe como una definición de quién es. Ahí es donde esto se vuelve realmente delicado. Porque una cosa es corregir una conducta, y otra muy distinta es etiquetar la identidad de un niño. No es lo mismo decir “eso que hiciste estuvo mal” que decir “eres malo”. No es lo mismo decir “ahora mismo estás hablando con falta de respeto” que decir “eres un irrespetuoso”. No es lo mismo decir “necesitas aprender a manejar tu frustración” que decir “eres insoportable”. La primera forma guía. La segunda hiere. La primera corrige una acción. La segunda se mete directamente en la construcción de la identidad. Cuando un niño escucha una misma idea repetidas veces, empieza a hacerla suya. Empieza a creer que él es “el difícil”, “la intensa”, “el desordenado”, “la problemática”, “el que siempre da problemas”, “la que nunca escucha”, “el que acaba con la paciencia de todos”. Y entonces, sin querer, lo vamos empujando a ocupar ese lugar una y otra vez. Porque las etiquetas no solo duelen: también condicionan. Muchas veces luego nos preguntamos por qué reaccionan cómo reaccionan. Por qué parecen tan desafiantes, tan cerrados, tan a la defensiva o tan inseguros. Y no siempre vemos que, en ocasiones, están respondiendo al personaje que les hemos ayudado a construir con nuestras palabras. Un niño que escucha repetidamente que es “terrible” puede terminar actuando como el terrible de la casa. Una niña que siente que siempre es “la complicada” puede empezar a vivir desde ese lugar. Las palabras crean narrativas, y las narrativas, cuando se repiten mucho, se convierten en identidad. Esto no pasa solamente con frases duras o evidentemente ofensivas. También pasa con comentarios que parecen pequeños o hasta normales dentro de muchas familias. “Tu hermana sí sabe comportarse”, “tú siempre tienes que llamar la atención”, “él es el sensible”, “ella es la dramática”, “tú eres el problemático”. Son frases que se van quedando pegadas al corazón del niño como etiquetas invisibles. Y aunque el adulto quizá las diga “sin tanta intención”, el niño sí las absorbe con profundidad. Por eso esta regla de los tres segundos me parece tan valiosa. Porque nos invita a hacer una pausa antes de hablar. Nos obliga a preguntarnos si lo que estamos a punto de decir realmente ayuda o si simplemente descarga nuestra incomodidad sobre la otra persona. Y cuando esa otra persona es nuestro hijo, esa pausa se vuelve todavía más importante. Quizás una buena pregunta antes de hablar sería esta: ¿esto que voy a decir ayuda a mi hijo a crecer o solo me ayuda a mí a desahogarme? Porque no es lo mismo poner un límite que humillar. No es lo mismo corregir que etiquetar. No es lo mismo enseñar que herir. En la crianza sí necesitamos corregir, sí necesitamos intervenir, sí necesitamos formar. Pero eso no significa que debamos hacerlo destruyendo por dentro a la persona que tenemos delante. Criar también es aprender a hablar distinto. Aprender a mirar más allá del comportamiento del momento y recordar que delante de nosotros no hay “un problema”, sino un ser humano en formación. Un niño que está construyendo la manera en que se va a ver a sí mismo. En gran medida, esa imagen interna se forma con las palabras que escucha una y otra vez en casa. Tal vez no podamos hacerlo perfecto. Tal vez a veces se nos siga escapando una frase desde el cansancio o desde el desborde. Pero sí podemos volvernos más conscientes. Sí podemos reparar. Sí podemos detenernos y elegir mejor. Quizá de eso se trate también liderar en la crianza: de entender que nuestra voz puede convertirse en la voz interior de nuestros hijos y de asumir la enorme responsabilidad que eso implica. Porque al final, más allá de corregir una conducta, la gran pregunta sigue siendo esta: ¿qué clase de voz quiero dejar viviendo dentro de mis hijos? Si hay algún tema que te gustaría que tratara en blog, no dudes en compartirlo. Y sí aun no formas parte de nuestra comunidad en WhatsApp, ¿Qué esperas? Dice un proverbio africano que: “para criar a un hijo hace falta una tribu”, esa comunidad de madres y padres puede ser esa tribu. Aquí te comparto el enlace, es gratuito: https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY Un fuerte abrazo Elisa

Esta semana es Spring Break (Vacaciones de Primavera) en esta parte de Estados Unidos, y no sé si te pasa, pero hay épocas del año que vienen cargadas de recuerdos. Por esta misma fecha, pero el año pasado, estábamos a bordo de un crucero por el Caribe. Fue una experiencia hermosa, de esas que uno guarda como momentos especiales en familia. Sin embargo, este año no hay viaje. Hace unas semanas, mi hija, desde la costumbre de que siempre hay algún plan, me preguntó: “Mami, ¿a dónde vamos a ir este año?” Yo le respondí con naturalidad: “Nos quedaremos en casa.” Pero justo después de dar esa respuesta, apareció la culpa. Esa sensación incómoda que se instala sin avisar, como si de alguna manera le estuviera fallando. Como ya he compartido en otras ocasiones, he aprendido a prestarle atención a las emociones que aparecen en mí, aunque sea por un momento, porque entiendo que las emociones son mensajeras. Así que hice una pausa, me senté en silencio y me hice una pregunta muy sencilla: ¿por qué culpa, Elisa? La respuesta fue clara. Cuando no se puede, no se puede, y mis hijos tienen la edad suficiente para entenderlo. Pero además, también reconocí algo importante: no es necesario salir de la ciudad para vivir una semana increíble en familia. Muchas veces creemos que la experiencia depende del destino, cuando en realidad depende de la intención. A partir de ese momento decidí cambiar la perspectiva. En lugar de quedarme en lo que no iba a pasar, me enfoqué en lo que sí podía crear. Me senté y diseñé un plan para cada día de la semana. No con la idea de llenar el tiempo por llenar, sino con la intención de crear momentos significativos, de esos que también se quedan en la memoria. Quería que mis hijos sintieran que disfrutaron sus vacaciones, pero también quería sentirlo yo. Porque siendo honestos, muchas veces la presión no viene de ellos, sino de nosotros como padres, de esa idea de que siempre debemos hacer más, dar más o crear experiencias “mejores”. Quizás estás leyendo este blog y no vives en Miami, por lo que los lugares que incluya en mi plan no te funcionen. Pero eso no es lo importante. Puedes sustituirlos por espacios en tu propia ciudad. Lo esencial es la estructura, la intención y el tiempo compartido. Muchas de las actividades, además, son en casa, y esas sí están al alcance de todos. Este Spring Break me está recordando algo valioso: no se trata de a dónde vamos, sino de cómo elegimos vivir el tiempo juntos. Después de darme cuenta de que no necesitamos salir de la ciudad para vivir una semana especial, decidí sentarme y crear un plan sencillo, posible y con intención. No se trata de hacer grandes cosas, sino de crear momentos. Aquí te comparto lo que estaremos haciendo esta semana, por si te inspira a crear tu propia versión. El lunes vamos a comenzar la semana creando juntos en casa. Vamos a preparar pasta en familia, algo simple pero muy significativo cuando todos participan. Luego iremos a la biblioteca, donde encontramos una actividad llamada “Let’s Puzzle Together”. Hice una búsqueda y descubrí que durante toda la semana las bibliotecas públicas están ofreciendo actividades gratuitas para niños. Así que puedes entrar en la página web de la biblioteca más cercana y ver qué tienen disponible. El martes lo convertiremos en un día de exploración. Vamos a abrir el mapa y buscar parques a los que nunca hemos ido. La idea es descubrir lugares nuevos dentro de nuestra propia ciudad. También vamos a tomar notas y calificar cada parque para elegir nuestro favorito. El miércoles será día de cine. Iremos a ver The Pout-Pout Fish. Es un plan sencillo, pero cuando se hace con intención, se convierte en una experiencia para compartir y recordar. El jueves regresamos a casa para un plan creativo. Vamos a hornear galletas y decorarlas. No se trata de que queden perfectas, sino de disfrutar el proceso juntos. El viernes iremos a la feria de Miami. Un plan diferente, con movimiento, luces y ese ambiente que tanto disfrutan los niños. El sábado vamos a hacer algo que sé que les va a encantar: acampar en casa. Crearemos nuestro propio espacio, sacaremos mantas y también aprovecharemos para pintar. No hace falta ir lejos para vivir algo especial. Y el domingo lo dejaremos para cerrar la semana con calma. Será un día de película en casa, sin prisa, simplemente disfrutando de estar juntos. Si algo quiero que te lleves de este plan es esto: no se trata de llenar la semana con actividades extraordinarias, sino de estar presentes en lo que decidimos hacer. No necesitas un viaje para crear recuerdos. A veces, lo más valioso ocurre justo donde estás. Te deseo una excelente semana Saludos cordiales Elisa

Hablamos mucho del amor incondicional cuando pensamos en nuestros hijos. Decimos que los amamos sin condiciones, que ese amor no depende de lo que hagan o de cómo se comporten. Es verdad que el amor de un padre o una madre hacia sus hijos, suele resistirlo todo. Pero hoy quiero hacerte una pregunta diferente. ¿Y el respeto? ¿No debería también ser incondicional? Si lo observamos con honestidad, muchas veces el respeto que mostramos hacia nuestros hijos sí tiene condiciones. Les hablamos con paciencia cuando están tranquilos, cuando cooperan, cuando se comportan como esperamos. En esos momentos somos comprensivos, amables, incluso admiramos lo bien que lo están haciendo. Pero cuando aparece el conflicto, cuando se “portan mal”, cuando desafían nuestras normas o simplemente cuando están atravesando una emoción intensa que no saben manejar, entonces algo cambia. Nuestra voz sube. Nuestro tono se vuelve duro, áspero. Las palabras dejan de ser cuidadosas. La empatía se desaparece y el respeto se esfuma. Criticamos, juzgamos, ridiculizamos. Y aunque nos cueste admitirlo, a veces incluso los ofendemos. No lo hacemos porque seamos malas personas. Lo hacemos porque estamos cansados, porque nos sentimos frustrados, porque nadie nos enseñó otra forma de reaccionar. Pero si somos sinceros, muchas veces a los niños se les habla de una manera en la que jamás hablaríamos a otro adulto y eso ocurre por una razón muy sencilla: porque son niños y nosotros tenemos el poder. Tenemos la autoridad. Tenemos la última palabra. Desde esa posición muchas veces ejercemos un tipo de autoridad que no nace del liderazgo, sino del control. Hay una gran diferencia en el liderazgo que se gana por la admiración y el respeto a ese que se impone. Sin embargo, si lo pensamos con calma, hay algo que no tiene mucho sentido. Esperamos que nuestros hijos nos respeten. Esperamos que nos hablen bien. Esperamos que aprendan a tratar con consideración a otras personas. Pero el respeto no se enseña exigiéndolo. El respeto se enseña viviéndolo. Los niños no aprenden principalmente de lo que les decimos, aprenden de lo que experimentan. Aprenden de la manera en que son tratados día tras día. Cuando un niño es tratado con respeto incluso en medio del conflicto, aprende que el respeto no depende del comportamiento del otro. Aprende que es una forma de relacionarse con el mundo. El respeto incondicional no significa permitirlo todo. No significa renunciar a los límites. No significa dejar de corregir. Significa algo mucho más profundo. Significa que incluso cuando un niño se equivoca, incluso cuando está desbordado, incluso cuando su comportamiento necesita ser corregido, su dignidad sigue intacta. Podemos decir no sin humillar. Podemos poner límites sin gritar. Podemos corregir sin herir. Cuando educamos desde el respeto, dejamos de luchar contra el niño y empezamos a acompañarlo en su proceso de aprender a ser humano y tal vez aquí esté una de las grandes paradojas de la crianza. Cuando tratamos a los niños con respeto incluso en sus peores momentos, no solo protegemos su dignidad. También fortalecemos nuestra autoridad. Porque la verdadera autoridad no nace del miedo. Nace de la coherencia. Cuando un niño crece sintiendo que su voz es escuchada, que sus emociones son reconocidas y que su valor no depende de su comportamiento, ese niño aprende algo muy poderoso. Aprende a respetarse a sí mismo y una persona que se respeta a sí misma tiene muchas más posibilidades de respetar a los demás. Tal vez por eso hoy vale la pena preguntarnos algo muy simple antes de reaccionar ante nuestros hijos. ¿Estoy educando desde el control o desde el respeto? Porque si queremos criar líderes, como tantas veces decimos, la semilla del liderazgo empieza ahí. En el respeto. Un respeto que no depende de si el niño se lo merece hoy. Un respeto que permanece incluso cuando el niño está aprendiendo a merecerlo. Antes de cerrar, quiero compartirte algo muy personal. En mi “Líderes en la Crianza”, yo no escribo desde la teoría, escribo desde los acuerdos que tuve que hacer conmigo misma para poder convertirme en la madre que quería ser, una madre más presente, una madre que gritara menos y conectara más. Dentro del libro comparto cinco acuerdos que marcaron un antes y un después en mi forma de criar, y uno de ellos es este: RESPETA PARA QUE TE RESPETEN . Entender que bajar la voz no es debilidad, que no es perder autoridad ni “dejarse ganar”, sino una expresión profunda de madurez y autocontrol transformó por completo la dinámica en mi casa. Disminuyeron las luchas de poder, aumentó la conexión y poco a poco el ambiente se volvió más armonioso. No fue magia, fue conciencia. Si tú también estás en ese camino, si estás buscando menos gritos, menos peleas y más conexión en tu hogar, quiero invitarte a leer Líderes en la Crianza. Tal vez, como a mí, también te ayude a volver a tu centro. Aquí te dejo el enlace: Lideres en la Crianza: https://a.co/d/0je0ruZ1 Un abrazo Elisa

Hace unos días una mamá de nuestra comunidad me envió varios audios contándome algo que había vivido con su hija de dos años. Mientras la escuchaba pensaba una y otra vez en algo que repito mucho cuando hablo de crianza: muchas veces las respuestas que buscamos afuera ya están dentro de nosotras. Su hija acababa de cumplir dos años y todavía estaba siendo amamantada. Esta mamá me contó que sabía que este es un tema que muchas veces genera opiniones fuertes, juicios y debates. Pero también me dijo algo que me pareció muy importante: cada decisión que tomó en ese camino la tomó desde el amor y desde lo que en ese momento sentía correcto. Con su primera hija había amamantado hasta los diez meses. En aquel entonces vivía en Cuba, tenía otras circunstancias, otras herramientas y era más joven. Esta vez todo era diferente, me dijo y sentí mucha seguridad en sus palabras. Era otra mujer, con más experiencia, más información y otra forma de mirar la vida y la maternidad. Siempre tuvo claro algo: creía profundamente en la lactancia materna. Defendía la lactancia exclusiva los primeros seis meses y también entendía que cada madre vive su proceso de manera distinta. Algunas pueden hacerlo por más tiempo y otras no. Y todas las decisiones merecen respeto. Cuando su hijo cumplió alrededor de dieciocho meses, comenzó a sentir algo que muchas madres reconocen, aunque pocas se atrevan a decirlo en voz alta: la presión social. De pronto aparecieron las miradas, los comentarios y las preguntas. “¿Todavía le das pecho?” “¿Hasta cuándo?” “Ya está muy grande.” Pero a pesar de esa presión, ella se seguía sintiendo bien con lo que estaba haciendo. Su hija lo disfrutaba. Ella también. Así que decidió ponerse una meta personal: si todo seguía fluyendo bien, amamantaría hasta los dos años. Sin embargo, con el paso de los meses comenzó a experimentar algo que casi nadie menciona cuando se habla de lactancia prolongada. El cansancio. Un cansancio profundo. Físico y emocional. Su hija ya no era un bebé que lloraba para pedir pecho. Era una niña independiente que simplemente venía, levantaba la blusa de su mamá y comenzaba a amamantar. No había horarios, no había avisos. Era una relación completamente a libre demanda. Y poco a poco comenzó a aparecer un sentimiento difícil de admitir: a veces se sentía invadida. No porque no amara a su hija. No porque no creyera en la lactancia. Sino porque el cuerpo también tiene límites. Lo más duro no era el cansancio. Lo más duro era la culpa por sentirse así. Culpa por pensar que quizás ya era suficiente. Culpa por preguntarse cómo iba a quitarle a su hija algo que le gustaba tanto. Culpa por imaginar el momento del destete. Porque en su mente el escenario era claro: La lloraría inconsolablemente y ella no tendría corazón para sostener esa decisión. La vida, sin embargo, tenía otros planes. Bueno… esa no fue la vida, fueron en realidad las decisiones conscientes que tomó esa mujer valiente, basadas en el amor por su hija y por ella misma. No quiero inventarme nada, así que les estoy compartiendo cada detalle de la historia como me lo contó ella. Me contó que un día tuvo que ir al dentista y recibir anestesia, lo que significaba que debía pasar veinticuatro horas sin amamantar. Cambió esa cita tres veces. No por falta de tiempo. Sino porque sabía que ese momento iba a obligarla a enfrentar la situación. Finalmente, fue. Mientras estaba fuera, la niña se quedó en casa con su abuela. Comió bien, tomó leche en vaso y jugó como siempre. Pero el verdadero momento llegaría cuando su mamá regresara a casa. Cuando abrió la puerta, su hija corrió hacia ella como siempre. La abrazó, la besó… pero esta vez su mamá decidió cambiar la rutina. En lugar de sentarse inmediatamente a amamantarla, comenzó a jugar con ella, a distraerla, a conectar desde otro lugar. Llegó la hora del baño, ese momento que siempre terminaba con la niña dormida en el pecho de su madre. Entonces hizo algo muy sencillo. Se puso unos curitas en los pezones. La cargó y le explicó con calma: “Las tetitas de mamá tienen que descansar. Ahora vamos a tomar leche en el vasito.” La niña lloró un poquito. Nada más. Se quedó pegada a su mamá, abrazándola con fuerza, como si comprendiera que algo estaba cambiando. Y luego… se durmió. La mamá le temía a la noche porque había imaginado que seria terrible escucharle llorar y no poderle dar el pecho. La noche llegó y volvió a repetirse la escena, el cuento, la leche en un pomito, la explicación suabe de que las téticas de mamá ya tenían que descansar. La niña volvió a llorar, pero mamá estaba consciente del proceso que estaban viviendo las dos, la cargó, fueron juntas a la sala, le habló, le cantó, la abrazó. Y algo muy profundo ocurrió en ese momento: la niña parecía entender. Les puedo asegurar que había tanto asombro en las palabras y la voz de esa mamá, lo había logrado y no había sido tan caótico como lo había pensado. Lo más sorprendente vino después. Desde ese día, su niña de dos años nunca más intentó levantar la blusa de su mamá para buscar el pecho. La niña que parecía incapaz de vivir sin amamantar… había entendido.Y entonces su mamá comprendió algo muy importante. El apego seguro no estaba en el pecho. El apego seguro estaba en la relación. En el vínculo. En la presencia. En el amor construido durante esos dos años. Durante mucho tiempo ella había escuchado frases como: “Los niños solo buscan a la mamá porque es la que tiene leche.” Pero esa experiencia le demostró lo contrario. El apego seguro no depende del pecho. Depende del vínculo. Muchas madres viven procesos parecidos llenos de dudas, cansancio y culpa. Culpa por sentir que ya no pueden más. Culpa por pensar que quizás ha llegado el momento de cambiar algo y muchas veces guardan ese sentimiento en silencio por miedo a ser juzgadas. Pero la maternidad también es un camino de escucha interior. Escuchar el cuerpo. Escuchar el cansancio. Escuchar lo que sentimos. Porque liderar en la crianza no significa hacerlo todo perfecto. Significa aprender a tomar decisiones conscientes, con amor y con respeto hacia nuestros hijos… pero también hacia nosotras mismas. Si esta historia resonó contigo, quizás sea porque en algún momento también has tenido que tomar decisiones que otros no entienden. La crianza tiene mucho de eso: opiniones externas, consejos, críticas… pero también momentos en los que una madre aprende a confiar en su propia voz. Yo estoy muy agradecida de que esa mamá valiente me haya compartido su historia, sé que puede ser la historia de muchas. Aquí tienes los puntos clave de las decisiones que tomó esta mamá y que hicieron que el proceso no fuera tan difícil . 1. No permitió que las opiniones externas dirigieran su decisión Aunque sentía la presión social por amamantar a una niña mayor, no dejó que los comentarios determinaran cuándo debía parar. La decisión la tomó desde su convicción, no desde el juicio externo. 2. Se escuchó a sí misma Reconoció algo que muchas madres callan: estaba cansada. Escuchar su propio cuerpo y sus emociones fue el primer paso para tomar una decisión consciente. 3. No negó sus emociones ni las escondió Aceptó la frustración, el agotamiento y la culpa sin negar que estaban ahí. Reconocer lo que sentimos nos permite tomar decisiones más sanas. 4. Observó a su hija y entendió su proceso Se dio cuenta de que su hija ya no necesitaba el pecho para alimentarse, sino como consuelo y rutina. Esta observación le permitió entender mejor el cambio que debía hacer. 5. Eligió un momento que facilitara el cambio La cita médica que le exigía 24 horas sin amamantar se convirtió en una oportunidad para comenzar el proceso. 6. Preparó alternativas antes de quitar el pecho Introdujo otras formas de consuelo y alimentación: leche en vaso, cuentos, abrazos, presencia. 7. Explicó el cambio a su hija con respeto Aunque su hija tenía solo dos años, le habló con claridad y cariño: “Las teticas de mamá tienen que descansar.” Los niños entienden mucho más de lo que pensamos cuando se les habla con calma y seguridad. 8. Acompañó el proceso con cercanía física No retiró el pecho y se alejó. Al contrario: abrazó, caminó con ella, la cargó y la consoló. 9. Sostuvo el límite con calma Cuando la niña lloró o buscó el pecho, no cambió la decisión por miedo o culpa, pero tampoco respondió con dureza. 10. Confió en la capacidad de su hija para adaptarse No subestimó la inteligencia emocional de su hija. Creyó que ella podía entender y transitar el cambio. 11. Cambió la rutina sin romper la conexión Sustituyó el pecho por otros rituales: cuentos, leche caliente, contacto y conversación. 12. Entendió que el apego seguro no depende del pecho Descubrió algo muy poderoso: la seguridad emocional de su hija no estaba en la lactancia, sino en el vínculo construido. 13. Reconoció que el amor también incluye poner límites El destete no fue una ruptura del vínculo, fue una transición dentro de una relación segura. 14. Confió en el vínculo que había construido durante dos años Ese vínculo fue la base que permitió que el cambio ocurriera sin trauma. Cuando una madre hace eso, los niños muchas veces responden con algo que sorprende a todos: confianza. Un fuerte abrazo Elisa Si aún no formas parte de nuestra comunidad de Parents and Leaders , únete en el enlace que está abajo. https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY?mode=hq1tcli

Lo confieso. En demasía no es saludable, pero a veces me encuentro con ideas muy interesantes cuando por un rato hago scrolling en Instagram. Este blog precisamente nace de una pregunta que el músico puertorriqueño Manolo Ramos lanzó a su comunidad: A ver qué mujer valiente nos aclara esta duda… Mujeres, ¿por qué les produce tanta ansiedad y tanta incomodidad ver a sus esposos sentados, descansando? Cuando escuché esa pregunta no pensé en teoría. Pensé en mí. En mi propia molestia. En mi propio enojo. Y también en la ansiedad de tantas mujeres que la viven en silencio. Lo digo con firmeza porque esta conversación ha surgido muchas veces en mis charlas con madres, en conversaciones en la puerta, en confesiones que comienzan casi siempre con un susurro y terminan con un suspiro de alivio: “ Pensé que era la única. ” Así que, sin pensarlo mucho, me dije: Elisa, vamos a contestarle a Manolo. A las mujeres no les molesta que sus esposos descansen. Lo que duele no es el descanso. Lo que duele es no poder descansar una misma. La ansiedad aparece cuando ella sigue como hormiga por la casa recogiendo juguetes, guardando ropa, preparando mochilas, recordando tareas, anticipando el mañana… mientras su cuerpo le pide sentarse, pero su mente no se lo permite. Porque si se sienta, aparece la culpa. Porque todavía falta mucho por hacer. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque alguien siempre ha sido ella. Esa es la carga invisible. Invisible para él, muchas veces. Invisible para los demás e invisible, incluso, para ella misma. Hablaré ahora desde mi propia experiencia. Yo no sentía ansiedad. Sentía enojo. Lo veía sentado y mi mente se llenaba de preguntas: ¿No se dará cuenta de que la casa está regada? ¿No ve que los niños no se han bañado? ¿No le importa? Pero hay algo importante que entendí después: todas esas preguntas eran sobre él. Nunca sobre mí. Por eso el enojo no se iba. Por eso nada cambiaba. Hasta que un día, no sé si por cansancio, por conciencia o por gracia, comencé a hacerme preguntas diferentes: ¿Por qué me molesta tanto esto? ¿Por qué este patrón se repite? ¿Por qué no me permito sentarme también? Y ahí empezó todo. Este comportamiento femenino no nace en la adultez. Nace en la historia. En la cultura. En las creencias que heredamos sin darnos cuenta. Durante generaciones, el valor de la mujer ha estado profundamente ligado al sacrificio. La mujer buena era la que podía con todo. La que no se quejaba. La que servía primero y se servía después. La que descansaba al final… si quedaba tiempo. Aprendimos que nuestro amor se medía en cansancio. Aprendimos que anticiparnos a las necesidades de todos era nuestra responsabilidad. A esto hoy se le llama carga mental : ese trabajo constante de pensar, planificar, recordar, sostener. No es solo hacer, es cargar con el peso invisible de que todo funcione. Cuando una vive así por años, el descanso del otro no se siente como descanso. Se siente como abandono. No porque el otro esté haciendo algo mal, sino porque una nunca aprendió a dejar de hacerlo todo. También hay creencias profundas que operan en silencio: Si pido ayuda es porque no soy capaz. Si no puedo con todo es porque estoy fallando. Si me siento es porque soy floja. Si me quejo soy mala esposa. Si descanso soy mala madre. Son creencias que no cuestionamos porque parecen verdades. Pero no lo son. Son trampas. Trampas que nos desconectan de nosotras mismas. Porque la verdad es que muchas mujeres no están cansadas solo físicamente. Están cansadas de sentir que no tienen permiso para soltar y aquí viene la parte más difícil de decir, pero también la más liberadora: Muchas veces, nadie nos exige tanto como nos exigimos nosotras mismas. Ese fue mi descubrimiento. Mi esposo no me exigía hacerlo todo. La exigencia venía de mí. De la idea de quién debía ser. De la mujer que creí que tenía que ser para ser suficiente. Cuando entendí eso, algo cambió. Comencé a sentarme más, incluso cuando la incomodidad aparecía. Comencé a pedir ayuda sin sentir que estaba fallando. Comencé a tolerar que no todo estuviera perfecto. Y descubrí algo hermoso. El mundo no se cayó. Los niños siguieron creciendo. La casa siguió siendo hogar y yo, por primera vez en mucho tiempo, también me sentí habitando mi propia vida. Este blog no es una acusación hacia los hombres. Es una invitación hacia las mujeres. Una invitación a mirar hacia adentro. Porque el verdadero cambio no empieza cuando el otro se levanta. Empieza cuando una se permite sentarse sin culpa. Empieza cuando dejamos de confundir amor con sacrificio constante. Empieza cuando entendemos que descansar no es abandonar. Es regresar a una misma, es cuidarse. Tal vez, solo tal vez, cuando más mujeres se permitan hacer eso, dejará de incomodarnos ver a alguien descansar. Porque por fin, nosotras también estaremos en paz. Hay algo más que quiero compartirte, porque este cambio no ocurrió por casualidad. Ocurrió por decisión.

En el blog anterior te hablé de dos conceptos que, cuando los aprendí, me ayudaron a entender muchos de los conflictos que ocurrían en mi casa. Con mis hijos… y también con mi pareja. Estos conceptos son overfunctioning (sobrefuncionamiento) y underfunctioning (subfuncionamiento) . Si no has leído el blog anterior , no te preocupes. Te dejaré el enlace al final. El sobrefuncionamiento ocurre cuando una persona hace más de lo que le corresponde, emocional o prácticamente. El subfuncionamiento ocurre cuando la otra persona hace menos de lo que es capaz o de lo que le corresponde. Para que lo veas con más claridad, quiero contarte la historia de Ivette, Samuel y su hijo Eric. Ivette y Samuel llevan 16 años de casados. Ivette es peluquera y trabaja seis días a la semana. Samuel es enfermero y trabaja turnos de doce horas, solo tres días a la semana. Samuel hace mucho en casa: limpia, cocina y mantiene el orden. Su relación de pareja es bastante armoniosa. Pero cuando se trata de su hijo Eric… todo cambia. Eric tiene casi quince años. Es alto, fuerte, parece un adulto. Pero su padre se queja constantemente: —Tiene tamaño de hombre… pero se comporta como un niño. Ivette siempre responde: —Todavía es un niño. Durante años, Ivette hizo todo por su hijo. Le servía la comida. Le recogía el plato. Le resolvía todo. Eric creció sin tener que esforzarse. Cuando Ivette comenzó a trabajar fuera de casa, Samuel pasó más tiempo con su hijo… y entonces comenzaron los conflictos. Eric no sabía hacer nada. No porque fuera incapaz. Sino porque el sistema nunca le permitió desarrollar su capacidad. Como explicó el psiquiatra Murray Bowen: Mientras más funciona uno, menos funciona el otro. Es un equilibrio inconsciente. Eric creció pensando: ¿Para qué voy a hacerlo… si mi mamá lo hará por mí? Esto no es flojera. Es pérdida de confianza. Desde afuera, Ivette parece fuerte. Parece que lo sostiene todo. Pero muchas veces está funcionando desde la ansiedad, no desde la confianza. Su ayuda, aunque nace del amor, envía un mensaje invisible: No confío en que puedas. Y Eric lo internaliza. Samuel, por su parte, aunque ayuda mucho en casa, dejó la responsabilidad emocional de la crianza sobre Ivette durante años. El sistema se organizó así. Nadie lo planificó. Pero todos participaron y hoy… todos sufren sus consecuencias. Pero aquí está lo más importante de todo: Esto se puede transformar. El cambio no comienza en el adolescente. Comienza en el adulto. Comienza cuando el adulto deja de hacer lo que el hijo puede hacer. Cuando el adulto tolera la incomodidad de soltar. Cuando el adulto comienza a confiar. Porque la crianza no es hacer todo por ellos. Es prepararlos para que puedan hacerlo sin nosotros. Parte de aprender a pensar sistémicamente es cambiar la pregunta que nos hacemos. No preguntarnos por qué. Sino preguntarnos cómo. No: ¿Por qué mi hijo es así? Sino: ¿Cómo participo yo en este sistema? ¿Cómo se mantiene este patrón? ¿Cómo puedo empezar a transformarlo? Porque si el sistema se aprendió… el sistema también se puede transformar. El ciclo se puede romper. Pero ese cambio comienza en ti. Romper este ciclo no ocurre cuando el niño cambia. Ocurre cuando el adulto decide cambiar. Porque liderar en la crianza implica, muchas veces, hacer lo más difícil: Mirarnos a nosotros mismos. Estrategias prácticas que puedes aplicar desde hoy Observa antes de intervenir. Haz una pausa y pregúntate: ¿puede hacerlo solo? Tolera la incomodidad. La frustración es parte del crecimiento. Suelta progresivamente. Entrega responsabilidades poco a poco. Confía más. La confianza se construye permitiendo que lo intenten. Hazte responsable de tu parte. El sistema no cambia cuando el niño cambia. Cambia cuando tú cambias. Porque aquí está la verdad más importante: Romper este ciclo requiere liderazgo. No liderazgo sobre ellos. Liderazgo sobre ti. Cuando tú cambias, el sistema cambia. Y cuando el sistema cambia… tu hijo también cambia. Si aún no formas parte de nuestra comunidad, únete en este enlace: https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY?mode=gi_t Allí seguimos transitando, aprendiendo y compartiendo juntos este camino de liderazgo en la crianza. Un abrazo, Elisa Blog anterior: Dos conceptos que explican muchos de los conflictos que tienes con tus hijos y hasta con tu pareja

