Dos conceptos que explican muchos de los conflictos que tienes con tus hijos y hasta con tu pareja.
Elisa Sainz • 24 de febrero de 2026

En el blog anterior te hablé de dos conceptos que, cuando los aprendí, me ayudaron a entender muchos de los conflictos que ocurrían en mi casa. Con mis hijos… y también con mi pareja.


Estos conceptos son overfunctioning (sobrefuncionamiento) y underfunctioning (subfuncionamiento).


Si no has leído el blog anterior, no te preocupes. Te dejaré el enlace al final.


El sobrefuncionamiento ocurre cuando una persona hace más de lo que le corresponde, emocional o prácticamente.


El subfuncionamiento ocurre cuando la otra persona hace menos de lo que es capaz o de lo que le corresponde.


Para que lo veas con más claridad, quiero contarte la historia de Ivette, Samuel y su hijo Eric.


Ivette y Samuel llevan 16 años de casados. Ivette es peluquera y trabaja seis días a la semana. Samuel es enfermero y trabaja turnos de doce horas, solo tres días a la semana. Samuel hace mucho en casa: limpia, cocina y mantiene el orden. Su relación de pareja es bastante armoniosa.


Pero cuando se trata de su hijo Eric… todo cambia.


Eric tiene casi quince años. Es alto, fuerte, parece un adulto. Pero su padre se queja constantemente:


—Tiene tamaño de hombre… pero se comporta como un niño.


Ivette siempre responde:


—Todavía es un niño.


Durante años, Ivette hizo todo por su hijo. Le servía la comida. Le recogía el plato. Le resolvía todo.


Eric creció sin tener que esforzarse.


Cuando Ivette comenzó a trabajar fuera de casa, Samuel pasó más tiempo con su hijo… y entonces comenzaron los conflictos.


Eric no sabía hacer nada.


No porque fuera incapaz.


Sino porque el sistema nunca le permitió desarrollar su capacidad.


Como explicó el psiquiatra Murray Bowen:


Mientras más funciona uno, menos funciona el otro.


Es un equilibrio inconsciente.


Eric creció pensando:


¿Para qué voy a hacerlo… si mi mamá lo hará por mí?


Esto no es flojera. Es pérdida de confianza.


Desde afuera, Ivette parece fuerte. Parece que lo sostiene todo. Pero muchas veces está funcionando desde la ansiedad, no desde la confianza. Su ayuda, aunque nace del amor, envía un mensaje invisible:


No confío en que puedas.


Y Eric lo internaliza.


Samuel, por su parte, aunque ayuda mucho en casa, dejó la responsabilidad emocional de la crianza sobre Ivette durante años.

El sistema se organizó así.


Nadie lo planificó. Pero todos participaron y hoy… todos sufren sus consecuencias.


Pero aquí está lo más importante de todo:


Esto se puede transformar. El cambio no comienza en el adolescente. Comienza en el adulto.


Comienza cuando el adulto deja de hacer lo que el hijo puede hacer. Cuando el adulto tolera la incomodidad de soltar. Cuando el adulto comienza a confiar. Porque la crianza no es hacer todo por ellos. Es prepararlos para que puedan hacerlo sin nosotros. Parte de aprender a pensar sistémicamente es cambiar la pregunta que nos hacemos.


No preguntarnos por qué. Sino preguntarnos cómo.


No: ¿Por qué mi hijo es así?


Sino:


¿Cómo participo yo en este sistema?


¿Cómo se mantiene este patrón?


¿Cómo puedo empezar a transformarlo?


Porque si el sistema se aprendió… el sistema también se puede transformar. El ciclo se puede romper. Pero ese cambio comienza en ti.


Romper este ciclo no ocurre cuando el niño cambia. Ocurre cuando el adulto decide cambiar. Porque liderar en la crianza implica, muchas veces, hacer lo más difícil:


Mirarnos a nosotros mismos.


Estrategias prácticas que puedes aplicar desde hoy


Observa antes de intervenir.


Haz una pausa y pregúntate: ¿puede hacerlo solo?


Tolera la incomodidad.


La frustración es parte del crecimiento.


Suelta progresivamente.


Entrega responsabilidades poco a poco.


Confía más.


La confianza se construye permitiendo que lo intenten.


Hazte responsable de tu parte.


El sistema no cambia cuando el niño cambia.


Cambia cuando tú cambias.


Porque aquí está la verdad más importante: Romper este ciclo requiere liderazgo. No liderazgo sobre ellos.
Liderazgo sobre ti. Cuando tú cambias, el sistema cambia. Y cuando el sistema cambia… tu hijo también cambia.


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Allí seguimos transitando, aprendiendo y compartiendo juntos este camino de liderazgo en la crianza.


Un abrazo,

Elisa


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