Dos conceptos que explican muchos de los conflictos que tienes con tus hijos y hasta con tu pareja
Elisa Sainz • 17 de febrero de 2026

Los comportamientos de nuestros hijos que no nos gustan solemos criticarlos, nos preocupan, nos quejamos de ellos, intentamos corregirlos. Vemos la falta de responsabilidad, la inseguridad, la dependencia, y pensamos que el problema está en el niño. Pero hay algo importante que pocas veces vemos. Esos comportamientos, aunque vivan en nuestro hijo o en nuestra hija, no nacen en el vacío. Forman parte de un sistema. Son el resultado de un sistema.


Hoy quiero hablarte de dos conceptos que, cuando yo los aprendí, me ayudaron a entender muchas conflictos que ocurrían en mi casa. Con mis hijos y también con mi pareja.


Los conceptos son overfunctioning (sobre-funcionamiento) y underfunctioning (sub-funcionamiento)


El sobre-funcionamiento es cuando una persona hace más de lo que le corresponde, emocionalmente o prácticamente. Y el sub funcionamiento es cuando la otra persona hace menos de lo que es capaz o de lo que le corresponde.


Te pondré un ejemplo muy común.


Una madre que hace todo. Decide todo. Resuelve todo. Protege demasiado. Se anticipa a cada problema. Esa madre, sin darse cuenta, está sobre-funcionando.


¿Y qué ocurre con el hijo dentro de ese sistema?


Es un hijo que duda de sí mismo. Que depende. Que parece inseguro. Que evita la responsabilidad.


Pero el niño no nació así, el sistema lo creó.


El influyente psiquiatra estadounidense, Murrey Bowen, pionero en la terapia familiar, lo explicó de manera muy clara: mientras más funciona uno, menos funciona el otro. Es un equilibrio inconsciente.


El mensaje invisible que el niño recibe no es “te amo” es “no confío en que tú puedas”. Y el niño lo integra. Lo hace parte de su realidad.

¿Para qué voy a esforzarme si mi mamá lo va a hacer?


Aunque me exija, aunque se moleste, aunque me regañe… al final lo hará.


Me ayudará a vestirme.
Me dará la comida que quiero.
Recogerá por mí.
Resolverá por mí.


Y mientras más lo hace ella, menos lo hace el niño. No porque el niño sea flojo. Sino porque el sistema no le permite desarrollar su confianza.


La madre, por su parte, vive con pensamientos como:


Si no lo hago yo, no lo hace nadie.


Si no lo ayudo, no podrá.


Si no intervengo, algo malo pasará.


El sobre-funcionador, esa mamá controladora, gritona, que está pendiente de todo, desde afuera parece fuerte. Parece que lo sostiene todo, incluso que puede con todo. Pero la realidad es otra, muchas veces está funcionando desde la ansiedad, no desde la confianza.


Esa aparente fortaleza no es fortaleza, es ansiedad disfrazada de ayuda.


Este fenómeno ocurre en cualquier tipo de relación, no ocurre solo entre madre e hijo.


También ocurre en la pareja.


Una esposa que organiza todo, que recuerda todo, que decide todo, que está pendiente de la escuela, de las citas médicas, de la casa…

Está sobre-funcionando.


Y el esposo, muchas veces, pasa al otro lado del sistema.


Olvida. Depende. Se vuelve pasivo.


¿Y qué ocurre entonces?


Ella se siente agotada. Resentida. Sola.


Y él se siente incompetente. Criticado. Insuficiente. Ambos están atrapados.


No porque uno sea el problema. Sino porque el sistema funciona así. Pero aquí está lo más importante de todo. Esto se puede transformar. El cambio no comienza cuando el niño cambia. Comienza cuando el adulto cambia. Cuando el adulto deja de hacer lo que el niño puede hacer. Cuando el adulto tolera la incomodidad de soltar. Cuando el adulto empieza a confiar. Porque la crianza no es hacer todo por ellos. Es prepararlos para que puedan hacerlo sin nosotros. Y ese proceso comienza cuando tenemos el valor de dejar de sobre-funcionar.


Pero todo esto no es blanco y negro.


Por supuesto que, si tu hijo tiene dos años, lo vas a vestir. Por supuesto que, si tu adolescente tiene catorce años, aún lo vas a acompañar al médico. El punto no es dejar de cuidar. El punto es entender, según la etapa del desarrollo en la que está, qué podemos empezar a soltar.


Volvamos al ejemplo del niño que puede vestirse solo.


Un niño de cuatro o cinco años ya puede vestirse completamente solo… si ha sido preparado para eso. Pero si no lo soltamos, si seguimos haciéndolo por él, va a cumplir siete, ocho, nueve y diez años… y seguirá esperando por ti.


No porque no pueda, sino porque el sistema le enseñó que no es su responsabilidad.


Y aquí quiero ir un poco más profundo.


A los humanos nos encanta ponernos etiquetas. Y ahora te he dado dos nuevas: sobre-funcionador y sub-funcionador.


Quizás te identifiques con una de ellas. Quizás pienses: “esa soy yo”.


Pero hay algo importante que no podemos olvidar.


Estas etiquetas no son identidades. Son posiciones dentro de un sistema y esas posiciones pueden cambiar. Puede haber áreas en tu vida donde sobre-funcionas, y otras donde sub-funcionas.


Quizás en la crianza haces todo. Pero en las finanzas dejas que tu pareja lo maneje todo.


Quizás en el trabajo eres completamente autónomo. Pero emocionalmente dependes de otros.


Cuando nos ponemos etiquetas rígidas, perdemos de vista lo más importante: la complejidad del sistema. No somos individuos aislados. Somos parte de un sistema. La familia es un sistema y nuestros cerebros se desarrollaron dentro de ese sistema.


Aprendimos a funcionar como funcionamos… para adaptarnos. Por eso, parte de aprender a pensar sistémicamente es cambiar las preguntas que nos hacemos.


No preguntarnos por qué. Sino preguntarnos cómo.


Cuando preguntamos por qué, buscamos una causa simple para una realidad compleja. “Soy así porque mis padres me criaron así.” Pero cuando preguntamos cómo, algo diferente ocurre.


¿Cómo se mantiene este patrón hoy?


¿Cómo participo yo en este sistema?


¿Cómo puedo empezar a transformarlo?


Porque lo más poderoso de todo esto es entender que no estamos atrapados. Si el sistema lo aprendimos, el sistema también se puede transformar. El ciclo se puede romper, pero ese cambio no comienza en el niño o en el otro adulto que tiene comportamientos que te molestan, comienza en ti. 


Deja de hacer lo que el otro puede hacer. Comprende que debes tolerar la incomodidad de soltar para romper el ciclo. Deja de funcionar desde la ansiedad… y comienza a funcionar desde la confianza. Ahí, el sistema completo empieza a cambiar.


Romper este ciclo no ocurre de la noche a la mañana. No ocurre porque el niño cambie. Ocurre cuando el adulto decide cambiar. Porque liderar en la crianza implica, muchas veces, hacer lo más difícil: mirarnos a nosotros mismos.


Aquí te comparto algunas estrategias que puedes comenzar a aplicar desde hoy:


Observa antes de intervenir.
La próxima vez que sientas el impulso de hacer algo por tu hijo, haz una pausa y pregúntate: ¿puede hacerlo él solo?


Tolera la incomodidad.
Ver a nuestros hijos frustrarse no es fácil. Pero esa frustración es parte del proceso de crecimiento, no algo que debamos eliminar.


Suelta progresivamente.
No se trata de soltar todo de golpe, sino de ir entregando pequeñas responsabilidades, de acuerdo a su edad y preparación.


Confía más.
Confía en su capacidad, incluso cuando cometa errores. Así es como se construye la confianza real.


Hazte responsable de tu parte.
En lugar de enfocarte únicamente en lo que tu hijo no hace, pregúntate qué estás haciendo tú que podría estar manteniendo ese patrón.

Porque aquí está la verdad más importante de todas: Para romper este ciclo, se necesita liderazgo. Liderazgo no sobre ellos. Liderazgo sobre ti. Implica hacerte responsable de las cosas que te molestan, que te frustran, que te enojan… y tener el valor de reconocer que, muchas veces, no son causadas únicamente por el comportamiento de tu hijo, sino por la dinámica que se ha creado en el sistema. No es un camino cómodo, pero es un camino profundamente transformador, porque cuando tú cambias, el sistema cambia y cuando el sistema cambia, tu hijo también cambia.


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Un fuerte 

Elisa