La teoría de las ventanas rotas
Elisa Sainz • 14 de abril de 2026

Crianza y Patria: Una reflexión necesaria

¿Sabías que existe una teoría llamada “The broken window theory” (La teoría de las ventanas rotas)? Esta teoría fue propuesta por James Q. Wilson y George L. Kelling en 1982 y nos ayuda a comprender cómo el abandono se comunica y se multiplica. Los estudios realizados mostraron con claridad inquietante que “el abandono visible invita al abandono adicional”, una idea que encuentra sustento en los experimentos de Philip Zimbardo, quien observó que cuando un entorno muestra señales de descuido, las personas tienden a intensificar conductas destructivas hacia ese mismo entorno. Lo verdaderamente revelador de esta teoría no está únicamente en su aplicación social o criminológica, sino en la manera en que, al trasladarla al ámbito humano, se convierte en un lente para observar la vida cotidiana, la crianza y, en mi caso particular, también la historia emocional de mi país.

 

En la crianza, por ejemplo, estas “ventanas rotas” no son otra cosa que comportamientos que aparecen de forma repetida y que no son atendidos desde la presencia consciente del adulto, como límites que se diluyen, faltas de respeto que se normalizan o dinámicas familiares que generan un desorden silencioso pero persistente.


Es importante aclarar que no se trata de atribuir al niño la intención de generar caos, sino de comprender que la ausencia de liderazgo también comunica, comunica falta de dirección, comunica inseguridad, comunica un vacío que el niño, en su necesidad profunda de estructura, intenta llenar, porque, como bien podría enunciarse en términos clínicos, “donde no hay contención, emerge la desregulación”, y los niños, al igual que los sistemas sociales, necesitan percibir que hay un adulto que sostiene, no desde el control rígido ni desde el autoritarismo, sino desde una presencia clara, firme y emocionalmente disponible. 


Yo soy cubana y cuando estudiaba esta teoría en clase, inevitablemente, me llevó a pensar en Cuba, en una realidad donde el abandono ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en un lenguaje compartido, porque Cuba no solo muestra edificios deteriorados, sino estructuras sociales y emocionales profundamente erosionadas, donde durante años el mensaje implícito ha sido el mismo, “esto no está siendo cuidado”. Cuando ese mensaje se instala de manera sostenida en el tiempo, comienza a moldear la percepción colectiva, generando desesperanza, afectando la identidad y debilitando el impulso natural de preservar, de construir, de sostener, creando así un ciclo donde el deterioro trae más deterioro, como esa ventana rota que nunca se repara y que termina justificando nuevas rupturas.


Desde esta mirada, la teoría de las ventanas rotas deja de ser una explicación del crimen para convertirse en una reflexión sobre el liderazgo, la responsabilidad y la presencia, y nos enfrenta a una pregunta profundamente personal que no siempre es cómoda pero sí necesaria: ¿qué aspectos de nuestra vida, de nuestra crianza o incluso de nuestra historia estamos dejando sin atender? ¿Cuál es nuestra ventana rota? porque lo que no se cuida tiende a deteriorarse, pero también es cierto, y esto es quizás lo más esperanzador, que aquello que se reconoce y se atiende con intención tiene la posibilidad real de transformarse.


Mientras escribía este blog dudé si era acertado mezclar el tema de la crianza con lo que ocurre en Cuba, pero esa duda se desvaneció casi de inmediato cuando apareció esa voz apasionada que a veces nos guía y me preguntó con total honestidad “¿por qué no?”, porque, en realidad, todos los elementos importantes de nuestra vida no existen de forma aislada, sino que se entrelazan en nuestra mente, se cruzan, se afectan y terminan tomando forma en nuestra manera de percibir, de sentir y de comportarnos, y es precisamente ahí donde teorías como la de las ventanas rotas adquieren un valor más profundo, ya que no se limitan a explicar fenómenos sociales, sino que se convierten en herramientas interpretativas que cada persona aplica desde su propia historia, desde sus vivencias y desde su contexto emocional, de manera que alguien puede estudiarla y llevarla al ámbito laboral, otro a sus relaciones personales, y en mi caso, como madre cubana que ha tenido que emigrar a causa de la realidad de su país, resultó casi inevitable mirar esa teoría desde dos dimensiones que para mí son fundamentales: la crianza y la patria, y aunque en un primer momento puedan parecer temas distantes, cuando se observan con detenimiento se descubre que no están tan separados como pensamos, porque ambos hablan de cuidado, de estructura, de liderazgo, de pertenencia y, sobre todo, de la profunda necesidad humana de sentir que hay algo -o alguien- que sostiene.


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Un fuerte abrazo 

Elisa 

Creadora del Programa: “Parents and Leaders”