LOS “MACHOS” NO USAN OREJAS DE CONEJO
Elisa Sainz • 28 de abril de 2026

Esta historia la tengo guardada hace años. Hoy es un buen día para compartirla.


Trabajaba como maestra en un centro de educación temprana. Quince niños de cuatro años en un salón y un deseo genuino de ayudar a todos a crecer, no solo de tamaño sino también de pensamiento.


Ese día, una de mis alumnas cumplía años. Todos estaban felices, con esa felicidad particular que sienten los niños cuando hay dulces para comer y una vela para apagar. Había globos de colores pastel, un mantel rosa cubría la mesa y en el centro, un pequeño búcaro con flores blancas intentaba hacerse protagonista del salón, pero le fue imposible con todos aquellos pequeños con orejas de conejo moviéndose a brincos por aquel espacio que se les quedaba chiquito para tanta energía. La temática del cumpleaños estaba inspirada en Alicia en el País de las Maravillas. Maravillas tenía que hacer yo como maestra para mantener el orden en aquel salón cada vez que había cumpleaños y se rompía la rutina.


Los padres de la cumpleañera habían traído orejas de conejo para cada uno de los amigos de su hija — todos, niñas y varones, porque a fin de cuentas hay conejos hembras y machos, ¿verdad? Las orejas de los niños eran blancas y azules, y las de las niñas, blancas y rosadas. Lo cierto es que se veían muy simpáticos con sus orejitas puestas. Después de que jugaron un rato, se cantó el Feliz cumpleaños, se comió el pastel y se embarraron las manos y la cara como si se hubieran sumergido dentro del merengue. Los padres me ayudaron a recoger el reguero que siempre queda después de una fiesta de cumpleaños, y los niños seguían felices y con sus orejas puestas, como si ya formaran parte del uniforme.


Llegó la hora en que los padres comenzaron a llegar a recoger a sus hijos y yo a ponerme contenta otra vez. Sí — yo llegaba contenta a trabajar y a enseñar a mis niños por la mañana, y luego volvía a ponerme contenta cuando terminaba la jornada, porque por mucho que me guste mi trabajo, la verdad es que los niños demandan mucho y cansan. Nada, no te lo voy a adornar: que joden cantidad. Cada vez que llegaba una madre o un padre, yo le entregaba al niño y le contaba cómo había ido el día y lo bien que la habían pasado en el cumpleaños. La mayoría celebró las orejas que traían sus hijos en la cabeza. Excepto uno.

Voy a decir que el niño se llamaba Michael.


Michael corrió feliz a los brazos de su padre, y este lo saludó con una pregunta:


— ¿Y esto? —dijo, mientras le quitaba las orejas de la cabeza al niño y me las entregaba.

— Son de él —le contesté, y le expliqué que se las habían regalado a todos los niños por el cumpleaños que se había celebrado. En lo que yo terminaba de dar la explicación, Michael ya se había vuelto a poner las orejas, y el padre, de un gesto impulsivo, se las arrancó y me las puso en la mano.


— Déjalas aquí —me dijo en tono áspero.


Al escuchar eso, el niño comenzó a llorar y a reclamar sus orejas de conejo. El padre lo tomó por el brazo y se marchó rumbo a la puerta explicándole que los machos no usan orejas de conejo.


Yo no intervine más porque me di cuenta por dónde iba la cosa. Y no pude más que sentir pena por el niño.


Hay algo que nunca deja de asombrarme: con toda la información disponible, con décadas de investigación sobre desarrollo infantil e identidad de género, aún hay padres que le temen a unas orejas de conejo. Que creen, genuinamente, que un accesorio tiene el poder de cambiar quién es su hijo. La identidad no es tan frágil, ni tan moldeable, ni tan simple. Pero el miedo sí puede serlo.Y ese día, lo que vi en aquel padre no fue firmeza ni protección. Vi miedo. Y vi algo más silencioso, más profundo: un niño que aprendió, sin que nadie se lo explicara con palabras, que su alegría tenía límites. Que había partes de sí mismo que necesitaban ser contenidas, corregidas o incluso ocultadas para seguir siendo aceptado.


Porque al final, no se trata de las orejas de conejo. Nunca se ha tratado de eso. Se trata del mensaje. La identidad de género en los niños no se forma por lo que tocan, lo que visten o con qué juegan. La ciencia lo ha explicado durante años: es un proceso complejo, influido por factores biológicos, genéticos y ambientales. No por colores, no por juguetes, no por disfraces de una tarde.

Un niño que juega con muñecas no será gay por eso.


Una niña que prefiere los carritos no será lesbiana por eso.


Y un niño que se pone unas orejas rosadas en una fiesta seguirá siendo exactamente quien es cuando se las quite.

Pero lo que sí deja huella… es lo que ocurre cuando se las quitamos nosotros y le decimos que eso no es de “macho” en ese gesto —a veces rápido, automático, casi como un reflejo— hay un mensaje mucho más potente que cualquier accesorio:


“Eso que te gusta no está bien.”


“Eso que eres, así como lo estás expresando, no es aceptable.”


Y los niños no cuestionan ese mensaje, simplemente lo absorben, lo guardan y lo integran. Ahí es donde empieza algo que luego vemos años después en forma de inseguridad, vergüenza o desconexión. No porque quisieran ser algo distinto, sino porque aprendieron que para ser queridos tenían que dejar de ser completamente ellos.


Y entonces la pregunta importante no es qué está formando la identidad de nuestros hijos.


La pregunta es: ¿qué estamos formando nosotros con nuestras reacciones? Porque cada vez que permitimos que exploren, que jueguen, que prueben, que se expresen sin miedo… estamos construyendo seguridad. Y cada vez que intervenimos desde el miedo… estamos enseñando límites que no tienen que ver con el respeto, sino con la aceptación.


Criar no es moldear a nuestros hijos para que encajen en lo que creemos correcto.


Criar es acompañarlos mientras descubren quiénes son… con la suficiente confianza de que no necesitamos controlar cada expresión para que ese proceso sea sano. La identidad no se rompe por unas orejas de conejo. Pero la confianza en sí mismos… sí puede empezar a romperse con una mirada, un gesto o una prohibición cargada de miedo. Y ahí es donde, como padres, tenemos una responsabilidad profunda: no solo cuidar lo que hacen nuestros hijos, sino cuidar lo que sienten cuando lo hacen. Porque al final, lo que más marca no es el juguete, ni el disfraz, ni el momento. Es la sensación de ser vistos o la de tener que esconderse.


Si aun no formas parte de nuestra comunidad de madres y padres en WhatsApp, aquí te comparto el enlace. Es gratuita: https://chat.whatsapp.com/E0N77GtujVs4mbyjPW1HdY


Un fuerte abrazo

Elisa