
Ania tenía 26 años y acababa de regresar de su luna de miel en Costa Rica. Brillaba. Se le notaba enamorada, ilusionada, llena de planes. En una de esas conversaciones largas con amigas; de las que se dan cuando todavía nadie tiene hijos, Ania habló de todo lo que soñaba para su futuro: los tres hijos que quería, la forma en que los criaría, el tipo de madre que sería.
Y entonces lo dijo, muy segura:
-Mis hijos no usarán pantallas hasta después de los cinco años.
- ¡Qué exagerada! -le respondió una de sus mejores amigas, riéndose.
Pero Ania, como siempre, tan elocuente y convencida de sí misma, explicó con estudios, investigaciones y argumentos sólidos por qué ella y su esposo habían tomado esa decisión. Fue tan persuasiva que sus amigas, ninguna de ellas aún madre, la celebraron y casi la coronaron: Ania va a ser una mamá excelente.
Tres años después, Ania y su esposo preparaban la fiesta de cumpleaños número uno de su hija. La casa estaba llena de globos, la música sonaba, los primos corrían por los pasillos como si fuera una pista de carreras. A las 12:05 pm llegó el camión con el castillo inflable. Minutos después entraron por la puerta dos de aquellas amigas que habían escuchado, tiempo atrás, los grandes planes de Ania.
- ¡Qué bueno que llegaron! -dijo ella, sin siquiera mirarlas-. Me estaba volviendo loca. En dos horas llegan los invitados y todavía falta tanto por hacer.
-Tranquila, llegó tu equipo de refuerzo -respondieron ellas, sonriendo.
Cuando terminaron de hablar, las amigas miraron hacia una esquina de la sala. Allí estaba la cumpleañera, sentada en una sillita alta frente al televisor. Miraba fijamente la pantalla mientras chupaba con fuerza su chupete.
Una de las amigas, de esas que no saben callarse nada, preguntó con una sonrisa pícara:
- ¿No decías tú, Ania, que no ibas a poner a tus hijos frente a una pantalla hasta después de los cinco años?
Ania no respondió. No se defendió. No explicó nada. Solo se tapó la cara con las manos y siguió acomodando los manteles.
Y quiero detenerme aquí un momento, porque no estoy contando esta historia para criticar a Ania. Nunca lo haría. No importa que ella hubiera dicho, con toda la convicción del mundo, que no permitiría pantallas antes de los cinco años, y que su hija, con apenas uno, estuviera sentada frente al televisor. No la juzgo. No la señalo.
Porque yo no soy quien vive su vida.
Yo no sé en qué rincón del mundo estás tú, ni cómo funciona tu cultura, ni qué redes de apoyo tienes. Pero donde vivo yo, aquí en Estados Unidos, se trabaja mucho, se corre mucho y se cría bastante sola. La familia no siempre está cerca. Todo el mundo tiene algo que hacer. Y cuando estás cansada, desvelada, sobrepasada, es muy fácil agarrarse de una pequeña ayuda. A veces esa ayuda tiene forma de pantalla. De quince minutos de silencio. De un niño distraído mientras tú respiras.
Por eso no critico a Ania y espero que tú tampoco lo hagas. Espero que Ania no se sienta culpable por no haber cumplido aquella promesa que hizo antes de saber lo que realmente era criar.
Porque una cosa es tener teorías sobre la maternidad…
y otra muy distinta es vivirla.
Ania caminaba por un terreno desconocido. Y lo más duro no era el cansancio. Era la duda. Esa sensación constante de no saber si lo que estaba haciendo era suficiente, si estaba siendo una buena mamá, si estaba tomando las decisiones correctas.
A veces, en la crianza, se siente exactamente así: como caminar por un sendero que nunca antes hemos recorrido. Criamos sin mapa, sin certezas absolutas, preguntándonos si vamos bien o si estamos perdidos.
Pero liderar en la crianza no es tenerlo todo claro desde el principio. Ania no falló porque cambió. Ania hizo lo que hacemos todos cuando la vida real llega: ajustó el camino.
Liderar es eso. No es seguir al pie de la letra la versión ideal de la madre que creíamos que íbamos a ser. Es mirar la realidad, a ese hijo que tenemos delante, no al que imaginamos, y tomar decisiones desde ahí, con amor, con conciencia y con honestidad.
Cuando educamos desde el liderazgo, aprendemos a mirar nuestros pies. Lo que hacemos hoy. Cómo hablamos hoy. Cómo nos regulamos hoy cuando estamos cansados, sobrepasados, inseguros. Ese paso, aunque sea pequeño, también educa.
No tenemos que conocer el destino exacto. No tenemos que criar hijos perfectos. Tenemos que criar desde valores, desde límites y desde amor. Y también desde la humildad de saber que a veces tendremos que cambiar de idea, como lo hizo Ania, sin que eso nos quite dignidad ni nos haga malas madres o malos padres.
Liderar en la crianza es eso: avanzar paso a paso, incluso con dudas, sabiendo que estamos construyendo un camino suficientemente bueno para nuestros hijos… y también para nosotros.
Un abrazo fuerte,
Elisa