Una historia sobre el amor y el pelo largo
Elisa Sainz • 7 de enero de 2026

Tenía quince años y caminaba segura por aquella acera rumbo al evento estudiantil al que tenía que asistir en representación de mi escuela. No iba sola. Una amiga caminaba a mi lado, entusiasmada porque la habían seleccionado para participar. Mientras avanzábamos, veíamos cómo otros jóvenes también iban en la misma dirección. Nosotras, atentas, escaneábamos cada rostro, halagando a unos, criticando a otros. Los jóvenes somos buenos en eso.


En medio de esa revisión, mi mirada se tropezó con un trigueño que estaba bajando de una guagua (así se le llama al autobús en Cuba). Me detuve. Vi cómo bajaban otros jóvenes, pero ya no fui capaz de halagar ni de criticar al resto del grupo. Yo solo lo veía a él. El pelo largo, tan negro como el mío, le caía suave sobre los hombros, como dándole una caricia. Los ojos oscuros miraban hacia el lado opuesto de donde yo estaba, embobada mirándolo.


Pasaron algunos minutos hasta que nuestras miradas se cruzaron. Ahí pude detallarlo mejor. Labios gruesos, cejas bien formadas y una nariz elegantísima que reinaba en un rostro que yo veía perfecto. Llevaba una bata blanca embarrada de pintura lo cual me delato que era estudiante de arte. Las manos, finísimas, colgaban al descuido a los lados de su cuerpo delgado. Caminaba como un chico cansado, no abatido, solo cansado. Y todo lo demás, especialmente aquel pelo negro y lacio, me deslumbró. Me dieron ganas de pasar mis dedos por dentro de esa melena tan similar a la mía.


¿De dónde salió esto?, me pregunté sin dejar de mirarlo. Yo no causé la misma impresión en él. Su mirada se cruzó con la mía, pero siguió de largo, sin mucho reparo. No sé cuánto duró el evento. No sé de qué hablaron. No sé qué me decía mi amiga. No sé si había mucha gente o poca. No sabía de amor a primera vista, pero justo ahí, todo ocurrió.


No te voy a contar la historia completa. Te vas a quedar con ganas de saber qué pasó después. Solo te diré esto: ese trigueño es hoy el padre de mis hijos. De aquel pelo largo y bellísimo no queda nada, pero el amor sigue intacto.


Te cuento todo esto porque, desde entonces, los hombres de pelo largo siempre me han llamado la atención. Él lo sabe.


Tengo un hijo varón y me encantaría verlo con el pelo largo. Tiene una cara tan bonita, y el pelo tan negro como su padre y como yo, que ya en varias ocasiones he intentado dejárselo crecer. Mi esposo termina siempre llevándolo con él al barbero y cortándole el pelo. Hoy tiene siete años y, aunque nunca lo ha tenido largo, esta es la etapa más peluda que ha pasado.


Hace unos meses el pelo ya le molestaba un poco en los ojos. Yo misma pasaba trabajo para peinarlo porque estaba en ese punto incómodo, ni corto ni largo. No me daba ni para hacerle una un moñito. Así decimos los cubanos a la colita que se hace con el pelo. 


Lo miré a la cara y le dije

-No quieres el pelo largo, ¿verdad? -


Y él me respondió:

- Mami, yo quiero que tú seas feliz. -


Me derretí de amor al escucharlo. Me derretí pensando que mi hijo estaba dispuesto a estar incómodo para hacerme feliz. Ese gesto me llenó, pero también me hizo sentir mal. No es justo que, por un capricho mío, por el simple hecho de que me gusten los hombres con pelo largo, él tenga que sentirse incómodo.


Así que esa misma tarde lo llevamos a pelar.


De eso han pasado algunos meses. Hoy vuelve a estar peludo. Hoy el pelo vuelve a molestarle en los ojos. Y es porque sigo resistiéndome un poco a cortárselo. La verdad es que lo tiene hermoso. Pero esta vez él no ha protestado. Le pregunté:


- ¿Quieres irte a pelar? -

Y me dijo que no.

No voy a insistir mucho. Ya me sabes que me gustaría que ese pelo creciera. Ya conoces mis gustos. Pero sí voy a estar pendiente de él. Pendiente de que mis caprichos no lo hagan sentir incómodo. Pendiente de que ese amor tan grande que siente por mí no se convierta en complacencia, ni en traición a sí mismo.


Me gusta verlo con el pelo largo.
Pero más me gusta verlo feliz.

Más me gusta verlo a gusto.


Y todo esto me ha llevado a pensar en cuántas veces el amor, en lugar de ser un lugar seguro, se vuelve una carga. En cómo, sin darnos cuenta, ponemos sobre ellos el peso de hacernos felices, de sostener gustos, heridas o nostalgias que son nuestras y no de ellos. Por eso te conté cómo conocí a mi esposo, cómo me enamoré. Esa es mi historia. No es la de mi hijo. Él no vino a cargar mis afinidades.


Claro, si él me deja, va a tener el pelo largo hasta media espalda.


No, no vamos a exagerar.


Al menos hasta los hombros, para que también a él le dé una caricia.


Un abrazo fuerte

Elisa