El deseo, el gesto y lo que no se envuelve
Elisa Sainz • 23 de diciembre de 2025

Ir a las tiendas en esta época me abruma.
Trato de adelantar mis compras, pero cada vez que entro a un centro comercial en diciembre, me encuentro con lo mismo: pasillos llenos, carritos rebosando, rostros apresurados y una sensación colectiva de correr... pero no sé muy bien hacia dónde.


Ese impulso de comprar por comprar, como si regalar fuera una obligación más que un acto consciente. Y me pregunto, quizá tú también:



¿Realmente sé qué necesita la persona a la que le estoy comprando?


Cuando me he detenido a hacerme esa pregunta, en medio del ruido y las luces, me he dado cuenta de algo incómodo:


No lo sé. Realmente no lo sé.


Y esa toma de conciencia ha sido el inicio de una nueva manera de pensar los regalos.


No me quiero poner ahora en plan de la más romántica ni de la más consciente. Sé que los regalos son una forma bonita de mostrar aprecio, una manera de decir “estoy pensando en ti” o “gracias por estar en mi vida”. Y sé también que muchas veces, lo que esa persona realmente necesita no se puede comprar. Eso es cierto.


Pero mi reflexión va más allá de lo material o del presupuesto. Me refiero a conocer verdaderamente la realidad de esa persona.


A saber, por ejemplo, si está atravesando una etapa difícil, si se siente sola, si ha tenido un año especialmente agotador, si está luchando con algo que no se nota desde afuera.
Y entonces me doy cuenta de que muchas veces no lo sé.
Y eso me remueve. No sé si a ti te pasa lo mismo, pero esta época del año suele ponerme un poco nostálgica… y también más reflexiva. Me da por pensar en estas cosas, en lo que damos, en lo que recibimos, en lo que realmente importa.
Y como me gusta escribir, pues lo dejo por aquí, contigo.
Tal vez, solo tal vez, a ti también te ocurre algo parecido. Y si es así, qué bueno poder encontrarnos en este espacio.


Pero siento que he cambiado. De verdad.
Miro hacia atrás y recuerdo aquellas listas interminables que mis hijos hacían cuando aún creían en Santa. Por suerte, esa etapa ya pasó. Ahora saben que Santa… somos su papá y yo y no se han traumado por descubrirlo; al contrario, creo que eso también nos ha permitido hablar de los regalos de otra manera.


En aquel entonces, no era que pedían un juguete. No. Era toda una lista y larga y claro, cómo no iban a hacerlo, si crecían dentro de una sociedad que empuja constantemente al deseo. Escuchaban a sus amigos, veían anuncios en la televisión, pasaban frente a vitrinas, recibían catálogos. Y todo se iba sumando a ese papel como si fuera urgente tenerlo.


Cuando eran bebés, todo era más simple. No pedían. No sabían que podían pedir. Pero apenas comenzaron a crecer y a interactuar con el mundo, las cosas se volvieron más complejas. Y me di cuenta de algo: el exceso les robaba la atención. Había tanto que el entusiasmo se diluía. Nada parecía generar una emoción duradera. Lo querían, lo recibían, y poco después ya no lo miraban. Era como si los regalos se volvieran humo.


Hoy, en cambio, ya no hacen listas largas. A veces, en medio de una conversación cualquiera, mencionan dos o tres cosas que les gustaría recibir. Ya no hay tanto dramatismo. No hay urgencia.


Y me alegra.


Porque ahora sé que lo que desean no viene dictado por la presión o la moda. No lo piden todo. A veces ni lo necesitan, simplemente lo quieren. Y está bien querer.


Porque si solo nos permitimos lo que necesitamos, corremos el riesgo de empobrecernos emocionalmente. No digo que haya que llenar la vida de cosas, pero... también hay belleza en el deseo. En anhelar. En soñar. En permitirnos imaginar algo que aún no tenemos.


Y en mi casa, en mi vida, esa parte también tiene espacio.


La verdad, con los años he ido aprendiendo a hacer espacio para replantearme todo. La vida misma, en su complejidad, me ha empujado a mirar hacia adentro, a cuestionar mis hábitos, mis prioridades, mis elecciones.
Así que… ¿cómo no voy a replantearme también lo que hago en Navidad?


Cómo gasto mi dinero.
Cómo me siento yo.
Cómo se sienten los que tengo cerca.
Qué significa para mí regalar.
Qué significa para ellos recibir.


Porque si bien los regalos son un gesto de cariño, también pueden ser una oportunidad para mirar más allá del envoltorio, para preguntarnos qué estamos dando realmente. Y por qué.


No se trata de dejar de regalar.
Se trata de regalar desde otro lugar.


Desde la atención.
Desde el vínculo.
Desde el deseo de conectar más que de impresionar.


Tal vez lo que más necesita esa persona no lo podamos envolver. Tal vez no está en una caja, ni en una tarjeta. Pero si nos detenemos un momento, si respiramos entre todo este ruido festivo, quizá logremos verlo. Quizá logremos regalar algo que sí permanezca.


Y si no es perfecto, que al menos sea real.
Que nazca del corazón y no solo del calendario.


Feliz Navidad Humano

Un fuerte abrazo 

Elisa